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domingo, 14 de octubre de 2012

Robo a libro abierto. De otro modo un poema de O. Paz





Cierra los ojos y ábrelos:

No hay nadie.

Países vastos como el insomnio.


Cierra los ojos y oye cantar:

El mediodía anida en tu tímpano.









Cierra los ojos y ábrelos:

Lo que no es piedra es luz.

La luz devasta las alturas.


El ojo retrocede cercado de reflejos.

No hay nadie ni siquiera tú mismo.


Otoño sin confines.

El poema todavía sin rostro.

El bosque todavía sin árboles.


La palabra se levanta y ondula.

Es una larga herida:

Un silencio sin mácula. 






viernes, 12 de octubre de 2012

Desolación









Adverbios ya no había que se acomodaran al tiempo de cualquier deseo.

No había limpieza ni  claridad en los instantes de atraer un poco, solo un poco,

de secreta historia.

Secreto.

Hasta esta palabra se hizo imposible de ser cierta.

El secreto se había vuelto enemigo del misterio.






Ocurrió entonces que los labios se convirtieron en volcán de insolencias.

Como un sapo muerto de tormenta se hizo el corazón.

Ni jaculatorias ni oraciones hubo para enterrar al sapo.

Sin adverbios y sin deseos:

¿Para qué soplar al sol?



domingo, 7 de octubre de 2012

Todo se oscureció











Antes de una hora la quietud.

La quietud de un día normal.

Después ya no. Ya no la tarde

Ni la hora ni la luz.

Ya no el aliento leve.


El rostro descompuesto.

El corazón frío y las manos.

En efecto las manos

Ateridas un momento.

Nada más un momento.

Después ya no. Ya no la boca

Ni la palabra ni la voz.

Ya no el cielo ni la tierra.

Ya no el aire. Ya no más la luna.


Un momento.

Nada más un momento.

Después ya no. Ya no más

El gusto ni la mirada ni el tacto.

Ya nada. Nada en que esperar.


La tarde y el pensamiento.

Ya no más.


Todo se oscureció.



viernes, 5 de octubre de 2012

Ariadna muerta








Suponía que estaría siempre
Como sombra hundida
En el agua de los días.
Suponía que el cuerpo en que a diario muero
Estaría guardado por las horas transparentes
De las noches.

No fue así ni será nunca más, parece,
El parpadeo ajeno a la presencia
De los altos muros y de los laberintos
Con Ariadna muerta de miedo en mis venas.

Ahora en el ojo estallará el reloj de los horarios
Sacrificiales 
Y los bolsillos se llenarán con dedos 
Ávidos de limpiar la pesadilla.

Ahora se ha vuelto realidad el presente horrendo
Que acumula a diario nuevos sueños 
Y los devuelve
Putrefactos en los bodegones 
De la desesperanza hasta el derrame.

Hasta quedar con la boca llena de tristeza.






domingo, 30 de septiembre de 2012

Sombras fieras






Me hablan de Lady Gaga en la red: que si gorda / que si se ha vuelto rapera, y aparece ella sobre una taza, desnuda mirando hacia la lente de la cámara / con un cigarrillo entre los dedos y como fuera de ella misma.

Después veo un video en la red en el que aparecen policías españoles golpeando a manifestantes españoles. Escucho los gritos de la multitud enardecida. Percibo la confusión, el humo de los petardos en la noche, las voces que gritan: Asesinos / y otros adjetivos que no tocan la sombra negra de los policías en las calles y avenidas de Madrid.

Veo a las fieras uniformadas persiguiendo en los andenes de una estación de tren; amagando, amenazando, intimidando, tirando manotazos al camarógrafo, zarandeando a tantos otros que no son manifestantes. Y un hombre sentado que grita: Vergüenza, al tiempo que protege a otro y a quien también golpean las sombras fieras.

Siento las punzadas en el pecho por las balas de goma. Me duelen las patadas en la cabeza. Las piernas. Qué dolor en la boca. Qué coraje  Cuánta tristeza Cuánta impotencia aplastada por la noche y por la fuerza policiaca. Sobre todo por la fuerza policiaca.



jueves, 27 de septiembre de 2012

Suerte negra








En la calle el ruido carcomía la calma y adormecía el pensamiento. Como un tumulto de láminas cayendo era todo eso que  destrozaba el vidrio limpio de la mañana. Mala idea, quizá, fue meterte a vendedor de enciclopedias en un tiempo abigarrado y descompuesto por el veneno diario de la angurria y el despojo. Pero allí ibas con el maletín negro, descarapelado en sus filos, llenándote la cabeza con historias del mejor azar.

Antes de pulsar el timbre en la casona que prometía suerte, limpiaste la frente y secaste el sudor con un sucio pañuelo anaranjado. Enseguida, ante el imaginario espejo arreglaste las puntas de la camisa, apretaste el nudo de la corbata y esperaste a que la mujer de tus sueños abriera la vieja puerta de madera.

Fue hasta después del tercer timbrazo que se abrió el portón;  pero no apareció la mujer de tus sueños sino un viejo con el pijama puesto y con unas gafas negras que le cubrían hasta media cara; la otra mitad estaba poblada por una barba grisácea que le llegaba hasta el pecho. Después de unos instantes, el viejo dejó salir una voz gruesa y estropeada por los años:

            -¿A quién busca?

            Y tú, como quien ha estudiado mucho el discursillo, soltaste la voz con cierta prisa, pues sabías bien que de hablar por lo bajo y lentamente, el viejo se te dormiría allí mismo o te rompería la cara con el bastón en que estaba sosteniendo su corpachón de no menos de ciento y tantos kilos.

Luego de acabar de recitar el discursillo y de mostrarle el muestrario en que aparecían las distintas enciclopedias con sus distintos precios, notaste que el viejo estaba sonriendo, como si le hubieras estado contando un chiste. Y tú, seguro que lo habías convencido con tu perorata, sacaste del maletín el bonche de papeles en que estaban las hojas del contrato.

            -Ni sigas, muchacho –te detuvo el viejo, mientras tratabas de ordenar las hojas en la bitácora de madera -. Nada de todo eso que traes me interesa. En mi cabeza no hay lugar más que para sueños y otras porquerías. Así es que, adiós y buena suerte-. Y se soltó riendo por algo que había visto en tu cara o en alguna parte de tus ropas.

            Cerró la puerta y tú te quedaste abanicando la cara con las cartulinas del muestrario, maldiciendo tu negra suerte. Luego avanzaste hasta colocarte bajo la sombra de un fresno, y sacaste el maltrecho paquete de cigarrillos. Tras de golpear varias veces el filtro anaranjado en la uña del dedo, para que con esto el tabaco acomodara y apretara bien, lo encerraste entre los labios y lo dejaste allí, estilando mientras sacabas del bolsillo del pantalón el encendedor y pensabas en lo bueno que habría sido que el viejo hubiera comprado alguna enciclopedia. Pero no. Estabas igual que ayer y que antier y que casi una semana entera (tu primera semana como vendedor de enciclopedias) : no habías podido vender una sola enciclopedia en más de treinta horas de andar como loco hablando solo y soñando en que conocerías a la mujer de tus sueños detrás de una de esas puertas.

            “Maldita la hora en que aprendí a fumar”, te dijiste, mientras sentías el fuerte ardor en la garganta y la pastosa resequedad en el paladar y la lengua. Pero como si el humo del cigarro fuera agua fresca, le diste –con más desesperación y coraje- otra calada. Y entonces tu cuerpo comenzó a ser sacudido por esa tos que te aflojaba las articulaciones de los huesos, y al instante los ojos se te llenaron de lágrimas, y la frente se te mojó de sudor, y debajo de ésta comenzó a surgir el martilleo de la incipiente migraña que, con el paso de las horas,  terminaría derrumbándote hasta el límite del suicidio.

            Después de varias calles de ir maldiciendo tu suerte, detuviste el paso frente a una tienda de autoservicio. Necesitabas limpiar la cara y aprovechar el baño. La muchacha que estaba detrás del mostrador, al ver que te dirigías al sanitario, te dijo que no podías utilizarlo.

            -¡Y entonces! –exclamaste con rabia. La muchacha te ignoró haciendo como que revisaba algunas facturas, contenta de imaginar el sufrimiento por el que estarías pasando.

            Saliste y fuiste apresurado a buscar un rincón a la vuelta de la esquina, pero lo que hallaste fue el sol cayendo en toda la superficie de la calle. No había dónde vaciar las necesarias –como las había llamado Quevedo. No había ni un arbolito en el que hicieras lo que cualquier otro perro haría. Bufaste de desesperación y continuaste arrastrando tu urgencia hasta que finalmente apareció una gasolinera.

            Luego de una o dos horas de tocar otras puertas y de no haber visto a la mujer de tus sueños ni haber conseguido vender nada, vino entonces la hora de comer y de beber. Hurgaste en los bolsillos y sacaste el billete que llevabas: diez miserables pesos. “Sólo sirve para comprar un refresco y una galleta. Y nada más”.

            Te introdujiste en una pequeña tienda de barrio y sin vacilación fuiste a abrir el refrigerador para sacar una soda. Enseguida de dar un trago, preguntaste a la mujer que estaba detrás del mostrador si preparaba tortas de jamón. Contestó que sí. Antes de pedirle que te preparara una, preguntaste que cuánto costaba. Te lo dijo.

Con embargo, por la humillación que raspaba tu esqueleto, le pediste que te preparara la torta, pues era más el hambre que tu orgullo para decirle a la mujer que sólo traías diez pesos.

            Aprovechando el momento en que estaba la mujer cortando el jitomate le hablaste de las enciclopedias. La mujer dejó de cortar y se te quedó mirando con sus ojos de vaca enferma, y luego dijo:

            -¿Qué son las enciclopedias, joven?

            Tras escuchar estas palabras, en el estómago se te soltó una tormenta ácida que te obligó a cerrar los ojos y a pensar en lo que tenías que decir para calmar tu dolor y hacer hasta lo imposible para venderle a la mujer una enciclopedia.

Cuando estabas por abrir la boca para lanzarte con la intención de venta, entró una pareja de adolescentes con el uniforme de la escuela (Secundaria Técnica, pensaste) y se dirigieron a la mujer para pedirle que les vendiera un par de cigarrillos.

            La señora ni se limpió los dedos para sacarlos del paquete que estaba abierto y que había recogido del fondo de un cajón. Después continuó preparando la torta de jamón, absolutamente ajena en querer saber qué eran las enciclopedias.

            Entonces diste otro trago a la soda y pensaste en que lo mejor era comer la torta y ver qué ocurriría por tu mente luego de calmar un poco el hambre.

            -¿Es todo, joven? –preguntó la señora, y añadió, antes de que tú dijeras algo-. Son quince pesos por la torta y el refresco.

            -Oh, señora, no me haga eso –hablaste como el actor en que soñabas convertirte-. Tengo hambre y no más que diez pesos. Pero mire que ahora mismo le explico qué son las enciclopedias y ya verá lo útiles que pueden serle para saber más sobre el mundo y sobre tantas otras cosas importantes.

            La mujer devolvió la torta a la tabla en que había estado preparándola, y dijo:

            -La soda cuesta cinco pesos. Ésta si puedes pagarla, muchacho.

            En ese momento hubieras querido ahorcarla y luego comértela enterita y vomitarla sin pudor ni remordimiento. 

             Le entregaste el billete y esperaste el cambio.

            -¿A cómo vende cada cigarrillo? –preguntaste con la boca llena de rencor.

            -A peso.

            -Deme tres.

            La vieja te los dio junto con los dos pesos que sobraban.

            Después de guardar dos de los cigarrillos en el parche de tu camisa, encendiste el otro y saliste con las piernas cansadas y la cabeza a punto de estallar.

            Lo que siguió en la tarde, es capítulo de otra historia.





viernes, 21 de septiembre de 2012

Oscuros corredores







El isco de uvas negras entrampado con gusto a muchorilla

Pero un poco antes el soneto áspero de místicos orantes

Estalló en las membranas de la esfera.


Después fue suave lima en los labios

Sacariciando tanta molécula con el jugo seco

Estilando en toda la piel de ambas partes

Con puntos quemados ardiendo 

Y sumas de párpados hasta el amanecer



Hasta más no comprender cómo fue ese gesto y esa voz

Esa palabra fácilmente pronunciada entre sucios pensamientos.



Fue otro lenguaje

Otra sensación

Otro hueco listo para llenarlo de temblores.



El isco y el gusto a muchorilla continuaron

En la esfera rota de oscuros corredores.







Por no ser lo que prometieron que sería

    En los ojos: Unos puntos negros Unas manchas que se extienden Sobre un vidrio opaco.   En los oídos: Unos cantos de gril...