Comenzaron
a vivir en mentes primitivas, rodeados de dioses que les hacían ver cosas
fantásticas a través de ventanales multicolores.
Estaban
asombrados, sonriendo con incredulidad, por cómo eran perseguidos a través de
los ojos negros que colgaban de los postes, o también, arriba de puertas o de muros
altos. Eran ojos giratorios; las 24 horas girando bajo todos los climas de la tierra.
Por donde
caminaban las mentes primitivas, las voces de los dioses los acompañaban mediante
pantallas encendidas, sonoras, rutilantes. Caminaban sin saber a dónde iban ni por
qué iban por esas calles amplias, llenas de ventanales abiertos al cielo.
Por
donde transitaban las mentes primitivas, en el interior de esas habitaciones aparecían figuras de colores, entre cuerpos que se agitaban y se desvanecían.
Las ventanas
eran como ojos abiertos al universo.
Las mentes
primitivas no podían quedarse allí, para contemplar los rumbos que tomaban los
astros en su fuga eterna / / Sobre calles amplias que fueron sueño y silencio.
En las calles no había peatones; ni un perro y ni un gato caminando.
El cielo estaba nublado y soplaba un viento frío.
Los ojos y el alma se
llenaron de kenopsia.
Atmósfera inquietante. Espacios vacíos. Vidrios de ventanas rotas.
Puertas caídas.
Nada que ver con edificios permanentes.
Lo efímero era ya un
recuerdo.
Era una
realidad de mundo sin mundo.
Figuras tiradas en el interior de una mente sin
recuerdos.
Mente sin palabras.
Mente llena de sueños que se borraban en
ausencia de relojes.
Lo
que sostenía, lo que llevaba, lo que hacía que continuase era una serie de
sonidos articulados rítmicamente en notas negras, notas en corcheas y tresillos
que se repetían y se expandían en la eternidad del vacío.
Eran sonidos que brotaban
de un órgano o de un piano computarizado.
Tal vez era un ordenador en el que varias
manos tecleaban y creaban todas esas notas y esos ritmos; sin partitura y sin
público que atestiguara la inexistencia de esos fenómenos sonoros.