Comenzaron
a vivir en mentes primitivas, rodeados de dioses que les hacían ver cosas
fantásticas a través de ventanales multicolores.
Estaban
asombrados, sonriendo con incredulidad, por cómo eran perseguidos a través de
los ojos negros que colgaban de los postes, o también, arriba de puertas o de muros
altos. Eran ojos giratorios; las 24 horas girando bajo todos los climas de la tierra.
Por donde caminaban las mentes primitivas, las voces de los dioses los acompañaban mediante pantallas encendidas, sonoras, rutilantes. Caminaban sin saber a dónde iban ni por qué iban por esas calles amplias, llenas de ventanales abiertos al cielo.
Por
donde transitaban las mentes primitivas, en el interior de esas habitaciones aparecían figuras de colores, entre cuerpos que se agitaban y se desvanecían.
Las ventanas
eran como ojos abiertos al universo.
Las mentes primitivas no podían quedarse allí, para contemplar los rumbos que tomaban los astros en su fuga eterna / / Sobre calles amplias que fueron sueño y silencio.