Salió de casa.
En las calles no había peatones; ni un perro y ni un gato caminando. El cielo estaba nublado y soplaba un viento frío.
Los ojos y el alma se llenaron de kenopsia.
Atmósfera inquietante. Espacios vacíos. Vidrios de ventanas rotas. Puertas caídas.
Nada que ver con edificios permanentes.
Lo efímero era ya un
recuerdo.
Era una realidad de mundo sin mundo.
Figuras tiradas en el interior de una mente sin recuerdos.
Mente sin palabras.
Mente llena de sueños que se borraban en
ausencia de relojes.
Lo que sostenía, lo que llevaba, lo que hacía que continuase era una serie de sonidos articulados rítmicamente en notas negras, notas en corcheas y tresillos que se repetían y se expandían en la eternidad del vacío.
Eran sonidos que brotaban de un órgano o de un piano computarizado.
Tal vez era un ordenador en el que varias
manos tecleaban y creaban todas esas notas y esos ritmos; sin partitura y sin
público que atestiguara la inexistencia de esos fenómenos sonoros.