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domingo, 15 de julio de 2012

Revoltura







Al mismo tiempo que salía de la cama se le encaramó la imagen. ¿Sueño o vieja lectura? Vio el cuerpo del hombre tirado en el lodo, en medio del callejón. ¿Dónde ubicar  el hecho? Imposible. Lo cierto era la noche, o la madrugada, y el cuerpo del hombre bocarriba, con los ojos abiertos, con los brazos extendidos y la nariz sangrando.

            Mientras iba a la cocina a preparar la cafetera, oyó el grito de la mujer. “Ha vuelto el marido, borracho como tantas veces, y se ha puesto a golpearla”, pensó. Luego se hizo un silencio acariciado con ruidos leves. Luego escuchó abrir la puerta del apartamento vecino, y los gritos de la mujer, otra vez, más fuertes, gritando desesperadamente que alguien la ayudara.
  
            Tomó el cuchillo de ancha hoja y se dirigió a la batalla. Abrió la puerta y salió al corredor.

Nadie había. Tampoco había gritos. Enseguida acercó la cabeza a la puerta del apartamento. Sólo escuchó el chancleteo de ella, y un televisor encendido a medio volumen.
            
            “Necesito beber varias tazas de café para quitarme esta revoltura”.

Guardó el cuchillo en el cubo de madera. Después de prenderle fuego a la estufa, vio lo que sería la continuación del sueño o vieja lectura.

El hombre se levantó del lodo y con la manga del saco comenzó a limpiar la sangre de la nariz. En ese preciso instante se abrió una puerta y apareció la mujer que había visto en otro sueño o vieja lectura: con los blancos pechos cubiertos por una estola verde limón, sin nada más que esto sobre el cuerpo, y un paquete de envoltura incierta –podía ser gamuza o terciopelo rojo- que le lanzó al hombre, gritando:

“¡Olvidaste esto, querido!”


            El hombre atrapó el paquete, lo sopesó con ambas manos y acabó guardándolo en el bolsillo interior del saco. Avanzó unos pasos y se detuvo para encender el cigarrillo. Después de soltar el humo,  desapareció en la oscuridad de la noche, o de la madrugada.











martes, 10 de julio de 2012

Antes y después de la lluvia














Ella mira, recargada en el filo de la ventana, hacia el cielo manchado de nubes cárdenas. Él contempla la espalda de ella, los hombros de ella, las piernas de ella. Ella siente los ojos de él acariciando su espalda. Siente sus manos apretadas en la madera. Huele el polvillo. El dulce sabor de la madera.

Afuera las nubes avanzan suavemente. Sin prisa. Sin prisa él coloca las manos en los hombros de ella. Aprieta con la intensidad en que suena el tempo largo del Concierto No. 5 de Juan Sebastian Bach.

Con el terciopelo de la lengua acaricia el cuello de ella, quien se estremece a la par que trina el teclado. Es Bach el que ha ido dirigiendo las caricias de él en el cuerpo de ella. Es ella quien corresponde puntualmente cerrando los ojos con el tempo acorde a lo que se oye y se palpa.

Se huelen.

Se saben a piel entera.

Cae el vestido. Resbalan los tirantes del sostén. Ella gira el cuerpo. Entrega los labios.

Se abrazan. Se dejan llevar por la música y el tacto. Avanzan junto con las nubes, junto con la música. Hasta el inicio de la noche.

Sin prisa.

Sin prisa.

El cielo truena.


Juan Sebastian Bach continúa.





viernes, 6 de julio de 2012

No habrá más










Será como eso
que sabe mejor antes de
la última cucharada, antes del último
trozo, antes de la última copa.

Un presentimiento de que
lo más hermoso ocurrirá en el último día,
en la última noche;
pero de nada servirá abrir los cajones
para sacar todo lo que ha sido guardado
tanto tiempo.
De nada ayudará esconder la cara
del miedo ante el espejo.

Será sólo eso:
la última noche o /
el último día de un hecho
único.
Será como una sensación de estar
tirado tan lejos del inicio,
tan lejos de la duda,
tan lejos de la primera caricia
y el primer beso.

Tan lejos de lo que prometía ser perfecto.

No habrá entonces más sabor
ni más heladura en la yema de los dedos,
no habrá más piel ni más calor,
no habrá más cuerpo ni más voz.

No habrá más que el hueco enorme de morir
en ese instante. En ese último instante.

Será como eso, y
no habrá más.



martes, 3 de julio de 2012

A orillas del absurdo












Aprendería chino mandarín o árabe y se dejaría crecer el cabello y las barbas hasta morir de olvido. El idioma de madre apenas si lo pronunciaría en pesadillas. No olvidaría el inglés ni renunciaría al poco latín que todavía mantenía en sus casos. “De lo que se trata es de asumir la absoluta confusión en todo”, se diría a sí mismo cuando cerró la puerta de casa y abandonó todo eso que lo había rodeado durante tanto tiempo; familia, trabajo, nacionalidad... Excepto la guitarra michoacana, el viejo abrigo negro y un par de libros, fue esto lo que se llevó consigo. Se iría a recorrer el mundo, a perderse en él, a vivir en él como una sombra a orillas del absurdo y el sinsentido.

            “No tengo sueños”, diría para el animal que lo acompañaba, “No tengo ganas de hacer nada. No quiero nada que me obligue a pronunciar mi nombre”. 

         Había despertado en medio de una densa oscuridad. La garganta seca y los labios enfriados por la noche de otoño. Había sentido la presencia de otra bestia, no muy lejos de donde había despertado. El animal, su acompañante desde hacía varios años, se mantuvo dormido, descansando sobre su flanco derecho.

            La figura flaca y un tanto inclinada hacia el lado izquierdo, como quien quiere ver eso que está detrás de las cosas, con los cabellos encanecidos, amarillentos por la nicotina y el humo de las fogatas a la intemperie, y su voz de ganso, rasposa, de mediana altura, iba pintando el fondo de la calle con su andar de piernas flacas, y junto a él su acompañante, un perro flaco y gris, de ojos grandes flotando en pequeños lagos anaranjados.

            Se detuvieron ambos junto al tambo de basura; antes de hurgar, recargó la guitarra en la pared y sacó de allí un sombrero de fieltro negro, se lo encasquetó y le preguntó al animal qué pensaba. El perro entreabrió el hocico para expresar una mueca burlesca, o tal vez para expresarle el cansancio y el hambre que lo traía débil, sin fuerzas para mover el rabo siquiera.

            Avanzaron algunas calles más y llegaron al parque donde había niños montados en bicicleta, u otros que jugaban a la pelota, y las niñas que había corriendo hasta alcanzar toda la alegría de la tarde. Se sentaron bajo un álamo y se pusieron a mirar el mundo. 

              El perro, al poco tiempo, fue a beber agua en los charcos que había hasta allá, del otro lado de los columpios y resbaladeros, mientras él, con los ojos cerrados, comenzó a tocar una triste canción.





sábado, 30 de junio de 2012

Grillos negros






Toda la ciudad olía a grillos muertos. Todo el tiempo millones de grillos, además, estridulaban en las ramas de los árboles, adentro de las grietas de edificios y portales, en los alfeizares, puertas, batientes, azoteas...






Había millones de grillos negros aplastados en las calles, en los corredores de las escuelas, en las escaleras de los estacionamientos. Todo el tiempo apestaba a grillos muertos.

Eran días de mucho calor. Eran horas de vivir como adentro de calderas, con toda la hediondez golpeando la frente, agrietando la garganta, punzando el paladar y la lengua hasta la náusea.




Y entre toda esa bruma de miasmas y delicuescencias, las palomas encontraban un lugar para quitarse el hambre. 




jueves, 28 de junio de 2012

desolación


















soplo helado en una tarde azul

donde el sol se estaba yendo

con la calma propia de los desolados


el arma en el costado tibio

llenaba de punzadas y de escalofriantes sacudidas

en el plexus un buitre, tal vez, o un ave de mal agüero esquinaba el pico


hueso frío, helado, zahiriendo el nervio que lo soportaba apenas

y de la luna llegó el manto blanquecino a cubrir el hoyo en que las garras

habían destripado el paisaje de los débiles sentimientos


vergüenza de ser el sueño de los dioses

tráfico de una risa estimada en llanto

/ o tal vez para ser más cierto

lecho de esperanza muerta




lunes, 25 de junio de 2012

Reposado canto






Reposado canto

Suave y elegante

Como un temblor de tela

A esa hora en que el silencio suena

Tan cierto

Tan fino

Tan canto y calma plena. 







Por no ser lo que prometieron que sería

    En los ojos: Unos puntos negros Unas manchas que se extienden Sobre un vidrio opaco.   En los oídos: Unos cantos de gril...