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domingo, 28 de agosto de 2022

Mientras en el cielo

 




Preparar archivos electrónicos y 

Guardarlos en Drive y en USBs

Atentos a lo inimaginable

Atentos en la macabra confusión

Y en el desorden actuar 

Mientras en el cielo

En la mañana

Los aviones militares no dejan de pasar


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Sensación de guerra

Sensación de podredumbre

Sensación de muerte










viernes, 8 de julio de 2022

http://argos.cucsh.udg.mx/poesia/n23_2022a/Adentro_de_nadie_.pdf

 



Es sólo para continuar en una ilusión 

que inició hace varios años.

Como parte de esta historia ilusionada,

pinto la siguiente puerta cifrada:


http://argos.cucsh.udg.mx/poesia/n23_2022a/Adentro_de_nadie_.pdf


tú (o ustedes, si es grande mi creencia) decides si abrirla 

y asomarte por ella

y entrar

o salir

según el rumbo de donde provienes o adonde provas 


en fin

es sólo por ilusión que he vuelto aquí

a este espacio de un tiempo sin adentro

donde es muy probable que no exista nadie más que esta sombra

cayendo en los recovecos de electrónica memoria





viernes, 3 de diciembre de 2021

y salvaje



MALO

malo malo

MALO

MALO

malo malo


hombre malo

abuelo malo

padre malo


MALO

malo malo

MALO

MALO


hermano malo

tío malo

primo malo


MALO

MALO

malo malo

malo malo


esposo malo

cuñado malo

suegro malo


MALO

malo malo

MALO

malo malo

Y SALVAJE


SALVAJE

SALVAJE 


HOMBRE

NI QUÉ DUDARLO

SALVAJE


malo malo

MALO






domingo, 28 de noviembre de 2021

En la mente de Equistrá

 

 

Oscuridad y asfixia. Ni la voz de Kaelan Mikla lo impulsaba a salir. Eran días de despertar sin sueños en la memoria. Despertar con el cuerpo cansado. Con la mente llena de ruidos; con moscos y sirenas cuajando el silencio al lado izquierdo de la cabeza.

Creían que el arte debía curar.

Decían que el arte debía desordenar los sentidos.

Afirmaban que el arte debía ser inútil.

Proponían que el arte debía diseñar otra realidad.

Otra realidad. ¿Qué puede ser otra realidad? ¿Cuál puede ser esa enfermedad que cura el arte? ¿Cómo ha de ser ese arte inútil? ¿Cuándo los sentidos han mantenido un orden estable? Pensaba Equistrá. No hacía más que pensar. Sólo pensaba. ¿Qué pensaba? A veces no pensaba ni le importaba lo que sucedía al otro lado de la puerta. Cuando pasaba una semana encerrado en su habitación, el tiempo de oscuridad y asfixia transitaba por sus venas como un veneno. Lo envenenaba vivir así.

Sin estrellas; enorme peso el de la noche. Sin aire fresco, espacio seco, polvoso. Casi un desierto en Equistrá. Punzadas en la frente. Ardorosa comezón a orillas de los párpados.

            Que estuviera en ese estado de ansiedad durante días, o peor, que permaneciera tumbado en la suma de todos los segundos que cabían en un día, era como enfrentar al idiota que se le pronunciaba sin tregua. Idiota que no se cansaba de repetir: “Todo pasa. Nada es permanente. Todo pasa. Nada es permanente”. Hasta el hartazgo. Hasta trepanarle las sienes. Durante algunos instantes dejaban de sonar en su cueva mental las sentencias de piedra.

Cerraba los puños. Abría los ojos. Giraba el cuerpo Equistrá de un lado a otro de la cama. Decúbito. Ni supino ni prono servían para quitarle el agobio de ser y de estar en el mundo. Seco y agrio el sabor de los instantes. Amargo el paladar. Frío el pecho. Una piedra golpeaba la frente. Cerraba los ojos y abría los dedos y colocaba ambas manos sobre el pecho. Pensaba. Sólo pensaba Equistrá en cómo desbaratar el bloque de hielo que se le había atorado entre los pulmones.

            Que la realidad supera a la ficción, decían las murmuraciones de una tradición ideológica.

¿La realidad? ¿La ficción? Desperdicios de la realidad como gusanos catalizando otredades. Desperdicios de la ficción como palimpsestos imposibles de aprehender. La realidad del pensamiento como ficción. La ficción como trayectorias sin sentido; como la realidad misma. Ambos: pensamiento y ficción, en cuanto actividad enzimática, callada como la muerte de una estrella, alterando el organismo con minúsculas realidades, hasta ilustrar que desde hacía tiempo la realidad y la ficción habían dejado de ser órdenes excluyentes en las dimensiones del vivir.

            Clarice Lispector, en Agua viva:

Te escribo en desorden, ya lo sé. Pero es como vivo. Yo sólo trabajo con encuentros y pérdidas.

Un fragmento de noche oscura necesitaba Equistrá para estimular el viaje en otras dimensiones. Un aroma de polvo en madera, un rasguño de misterio en la espalda, un sabor completo de palabras como lluvia… en silencio, en paz de madrugada, para levantarse y asomar la cara por la ventana. Sin pensar en lo que los ojos miraban. Sintiendo nada más que el aire. Y así, tocando con las pestañas la inmensidad de sentirse vivo, sonreírle al muerto que había estado postrado bajo el peso de otras noches, de otras oscuridades.

            Don DeLillo, en Zero K:

We want to do whatever we are capable of doing in order to alter human thought and bend the energies of civilization.

            ¿A partir de qué pruebas o de cuáles procesos se ahuyentaría “el fantasma de imposibles” que habitaba en la mente de ciertos personajes? Murmuró Equistrá, con la ruda concepción de quien sabía que las personas –a diferencia de los personajes- son entes reales que forman parte de una totalidad imposible de conocer. Concebir la ficción como la evidencia de un imposible, o también, como la evidencia de todo eso que acaba siendo improbable, conllevaría a colocar la realidad dentro de un pensamiento insustancial, allanado y moldeado mediante prácticas emparentadas con lo baladí. En caso de aceptar que la realidad supera a la ficción, las artes narrativas no serían más que compendios de instrucciones para situarnos en consonancia dentro de una cierta sociedad que garantiza que el orden de las cosas ha de mantenerse intocable, inmutable, inmune, permanente hasta conseguir el hastío de saber que actuamos entre figurantes de un guion falaz.

           


jueves, 30 de septiembre de 2021

Perturbaciones

 

 

 

Cansado de estar paseando los dedos en lomos de libros, buscando infructuosamente el volumen que le sacaría el malestar de tantas horas de trabajo diario e inútil, permaneció el hombre de pie, atento al silencio que escapaba del cuadro que colgaba allí, a un par de metros de su cara. Desnudo de mujer con tinta china, podría ser el título del cuadro. O también: Obsesiones oníricas.

“Muchas horas de trabajo para producir nada importante”; murmuró el hombre mientras la desesperación y la rabia, luego la tristeza, se habían mantenido paseando por su nerviosa catadura, al tiempo que leía en silencio el título de los diferentes libros. “Cuánta pérdida de energía para no llegar a nada. Cuánto presente expandido sobre la basura de proyectos”; acabó diciendo con los ojos tirados en el desfigurado tapete que descansaba bajo la mesa de madera.

El libro se mantendría oculto, a la sombra de lo infranqueable, hasta que sin pretenderlo aparecería semanas después ante la mirada de ese hombre atiborrado de tinnitus; quien para ese entonces, probablemente, ya estaría padeciendo la necesidad de otras ideas, muy distintas a las de esa noche. “La desaparición de las cosas que importan”... Salieron estas palabras de sus labios secos: “¿ha de ser para siempre?”

Con murria, fue a prepararse un café helado y un emparedado de mermelada de durazno. Mientras untaba la coruscante sustancia en el pan, lo electrizó un nuevo proyecto de búsqueda terapéutica. Entraría a internet y navegaría en páginas hipertextuales que lo embriagarían hasta el colmo de la ansiedad. Fue así que se topó con un ensayo donde se hablaba de realidades fascinantes, increíbles; ideas en las que la realidad resultaba imposible de aceptar con el gusto de la razón y de las manidas filiaciones culturales. Se encontró con que los datos que había para consultar y extraer, estaban registrados en páginas numeradas cuyas cifras alcanzaban el millón –incluso, hasta varios millones más. Era el libro del universo, del cosmos, del espacio sideral.

“Hasta parece una broma”, se dijo el hombre, luego de beber un trago de café helado: “Ha de tratarse de un ensayista que juega con la realidad de una novela inexistente”.

Lo impredecible aparece como una condición de inesperada fuerza cognoscitiva; pensó el hombre, al estar leyendo el ensayo que él suponía producto de una triquiñuela. Continuó leyendo y meditando con el fresco, artificial sabor del durazno en la lengua: En esta condición, el asombro del lector brotaría como la idea vaga de algo que habrá de convertirse en conocimiento. ¿Conocimiento de qué? De posibles ideas incomprensibles en un primer momento; de abstracciones que paulatinamente irían obteniendo la concreción en palabras precisas; morfogénesis de poderosas fuerzas inconscientes que habrían de capturar el concepto en un instante de embrujamiento.  Concluyó así su reflexión el cibernauta.

Pinchado de curiosidad, el hombre escribió en la pantalla del ordenador el nombre del novelista y el título de la obra tratada en el ensayo. Las ideas que fue obteniendo en el documento lo condujeron a un estado frenético. No era esta la primera vez que le sucedía. Las ideas habían alterado su consciencia.

“Necesito más café helado y más pan con mermelada”; le reclamó al que se encontraba leyendo en la pantalla.

Se levantó del sillón y fue a pasearse por los alrededores de la sala, sin ver nada que no fuera más que la punta de sus añejos mocasines. Entró a la cocina y preparó el emparedado, sirvió más café del termo que guardaba en el refrigerador y regresó al espacio de las conmociones indefinidas.

Con el fin de preservar cierta sensación de misterio, aún no se harán revelaciones concernientes a la persona que sufrió magulladuras en el antebrazo. Este hecho puede convertirse con toda seguridad en tema de suspense porque no tiene importancia alguna (Douglas Adams: Guía del autoestopista galáctico).

Era como si, al comer y al beber, el cerebro y la mente se proyectaran desde los campos de energías potenciales hacia un espacio de turbulencias oníricas. La mermelada y el café terminarían fusionando realidades poderosas. El pensamiento avanzaría a velocidades insoportables y provocaría que las dolencias musculares y el entumecimiento fueran la evidencia de un viaje insospechado.

“¿No te parece perturbador” –musitó el hombre ante la borrosa cara que había en la pantalla oscura- “saber que habitamos el cerebro de una súper máquina cibernética llamada Pensamiento Profundo?”

viernes, 20 de agosto de 2021

En otro lado

 



 

Lo que te estoy escribiendo no es para leer;

es para ser.

Clarice Lispector

 

Hay escritores que narran sobre lo que más aprecian, sobre lo que más les apasiona, sobre lo que más admiran. Hay otros, por el contrario, que escriben sobre lo que más odian, sobre lo que más desprecian, sobre lo que más ira les provoca. Están también los que hacen literatura a partir de lo que narraron unos u otros de los escritores antes señalados. Son ellos unos narradores inhibidos, temerosos, muchas de las veces carentes de personalidad narrativa y, por supuesto, muy respetuosos de la gramática y hasta de un cierto “lenguaje literario”. El mundo del mercado editorial está lleno de todos ellos.

            Hay, desde luego, los escritores que viven y narran en mares de tristeza o de nostalgia, los que juegan a atrapar la eternidad y la trascendencia, los que piensan que después de ellos, habrá muy pocos, y antes de ellos, nadie. Son escritores de páginas trabajadas en las montañas de la megalomanía. Hay también, desde luego, los escritores que compusieron sus textos teniendo en su origen la locura.     

Están las escritoras. En ellas es otra la historia. O mejor, entre muchas de ellas podrían establecerse diversos posicionamientos. Por sus obras no podría hablarse únicamente de fobias o de filias, sino de algo más profundo, algo que se esconde en la superficie de sus estructuras sintácticas, en las cuales se expresan los signos figurados de una mirada crítica en una aparente normalidad textual.

En no pocos casos, para ingresar a los códigos de la literatura escrita por mujeres, habrá que quitarnos las gafas de la tradición y de los cánones literarios.

Claro, están también las escritoras que se acomodan mejor a la continuidad de los cánones. De alguna manera, son escritoras que quieren consolidarse como modelos de escritura o que se obsesionan por asegurarse un lugar en las categorías diseñadas por los críticos y los historiadores de la literatura.

Con muy pocas dudas, expreso que el escribir presenta la marca de un origen social. Los escritores y las escritoras no escriben sólo y nada más para sacudir consciencias, sino que lo hacen también con el afán de conformar y consolidar maneras de pensar y de sentir.

Con todo lo que ha venido ocurriendo en los últimos años, resulta innegable que las mujeres están exponiendo y haciendo valer su voluntad de poder. Que cada vez haya una mayor presencia de escritoras en el mundo editorial, significa que estamos ante las puertas de una mirada cuya comprensión resulta, en ciertos casos, muy diferente de la que los escritores venían introduciendo en sus tramas.

Pensar no tiene que ser privativo de un único género; sentir tampoco ha de ser reducido a una manera de ser genérica. Pensar y sentir son los dos grandes complejos epistemológicos que en el ser humano concurren; tanto en hombres como en mujeres.

No ganamos nada con explicarlo porque la explicación exige otra explicación que exigiría otra explicación y que se abriría otra vez al misterio (Clarice Lispector: Agua viva).

Jugar con el lenguaje de la vida –más allá de toda explicación- sería tanto como cobrar consciencia de lo que somos en el texto social, así sea esta consciencia una mano por la que se escapa el agua, y de la cual nos queda nada más que la mojadura de eso que se resiste a ser apresado.

En literatura, la vida es mojadura de palabras.

La existencia en la modernidad se caracteriza por una disolución cada vez más dramática de la experiencia, agravada a cada paso por una radical devastación de la experiencia (Florencia Garramuño: “La opacidad de lo real”)

Por lo que parece, y a partir de considerar todas las mediaciones electrónicas que nos contienen y nos mantienen ocupados la mayor parte de los días, cada vez se torna más difícil comprender qué es eso a lo que llamamos “experiencia”. Es tanto lo que acontece en las pantallas electrónicas que, la realidad inmediata que nos circunda, se nos ha vuelto extrañamente irreal, tan irreal como nosotros ante nosotros mismos.

Si en otras épocas “la experiencia” era una condición existencial para comprender las formas de hacer literatura, hoy, con tal devastación de la experiencia, ¿cómo es que acontece el fenómeno literario? 


jueves, 12 de agosto de 2021

ENTRE SOMBRAS

 



Tiró la licencia. 

Cortó en pedacitos la credencial del IFE. 

Quemó el pasaporte. 


Ya no quería tener un nombre ni un documento de identidad. Sabía que en los sueños su existencia carecía de rostro y de voz. En los sueños era sólo una sombra vagando entre otras sombras.





Por no ser lo que prometieron que sería

    En los ojos: Unos puntos negros Unas manchas que se extienden Sobre un vidrio opaco.   En los oídos: Unos cantos de gril...