Había dejado
de contarse la historia al modo antiguo. El antes de Cristo o el después de Cristo, así como el antes de nuestra Era y el
después de nuestra Era, habían dado lugar al antes de las WWW y al después de
las WWW.
Lo que había sido dejaría de hacerse así,
y lo que vendría ya estaría haciéndose con sueños de agua y de aire.
Las
coordenadas limpias en el papel en que habían sido trazadas las rutas para
llegar allá y más allá, habían comenzado, primero, a borrarse en el papel de
los reciclados, y luego acabaron desapareciendo en los cajones del olvido.
El presente
era todo el pasado que iba quedando para los recuerdos de una memoria de
contornos imprecisos.
Fugaz recuerdo,
incluso, de lo que pudo haber sido.
Escalofriaba el segundero que impedía
saber en qué minuto exacto había muerto la crisálida.
Un río
de caídas libres era el resumen de las horas idas por el viaje hecho con las
máquinas de la realidad virtual.
Esperar
se estaba tornando en des-esperar.
A partir
de entonces, el ser se convirtió en una carga más agobiante que todas las
deudas de familia.
Con el
tiempo, más cercano que nunca, se había abierto la puerta para que sucediera
algo más rápido que la luz.
Con una
velocidad así, el ser era todo lo que estorbaba.
El retrato
de familia era una ventana abierta al cielo de todas las noches. Noches enteras
que no alcanzaban para subsanar heridas ni para ahuyentar los horrores.
Shielding my eyes from
the sunlight, I gazed into one of the darkened lounges.
A three-dimensional
replica of painting by Edward Hopper was visible below the awning.
The residents, two middle-aged
men and a woman in her thirties, sat in the silent room, their faces lit by the
trembling glow of a television screen.
No expression touched
their eyes, as if the dim shadows on the hessian walls around them had long
become a satisfactory substitute for thought.
Cocaine Nights
JG Ballard
Entre paréntesis
oscuros, las lucecitas de un piano (Ryuichi Sakamoto) llenaban el pensamiento
de quien, tirado de noche en la hamaca de una playa en el Caribe, había dejado
de esperar lo mejor.
Como
una muñeca esquinada en el largo sillón de la sala, Marcia estaba con los ojos abiertos en el
fondo de la sombra que hacían las pestañas, entre la tenue luz de la lámpara
que se encontraba sobre un velador de tres pies.
-No temas -musitó Mauricio, luego de que
Ofelia cerró las piernas en el momento en que él iba a meter la mano debajo del
vestido.
-Estoy nerviosa -dijo Ofelia-. Necesito
que me prepares otra copa.
Mauricio miró adonde estaba su mujer, y
entonces habló:
-Está dormida. Así duerme Marcia, con los
ojos abiertos.
-¿Estás seguro? -preguntó Ofelia, turbada
por los ojos de Marcia.
-Te lo demostraré...-Se levantó Ñudo, y
fue a ponerse detrás de la cabeza de Marcia. Movió entonces las manos delante
del rostro de ella, para asegurarle a Ofelia que no había nada de que
preocuparse.
Ofelia se quitó los zapatos y sintió
placer al frotar la alfombra con los pies. Bajó la cara para no ver los ojos de
Marcia. Aunque Mauricio había dicho que estaba dormida, no parecía estarlo. La
mirada de Marcia era como la de alguien que está bajo los efectos de una droga.
Estaba y no estaba mirando algo cierto, definido. Ofelia presentía que era una
simulación el sueño de Marcia. Cambió de
sillón y fue a sentarse al otro lado. Pero aun allí, los ojos de Marcia la
seguían perturbando.
“La borrachera se me está yendo -pensó
Ofelia. Comienzo a reconocer que todo esto es falso. Es mentira que yo pueda
estar aquí. Es falso que Marcia esté dormida. Todo esto es una farsa. A pesar
de todo este juego, admito que son reales todos estos movimientos. Es real que
Mauricio esté allá en la cantina preparando las bebidas. Son reales esta
lámpara y su pálida luz. Son reales estos cuadros y estas cortinas. Todo esto
es absolutamente real. Sin embargo, detrás de toda esta realidad, alcanzo a
vislumbrar los fondos negros en que están sostenidos los objetos, las palabras,
el gesto de Mauricio. Esos ojos de Marcia, abiertos para la realidad del sueño,
y que parecen estar mirando todo el tiempo, hacen que tenga dudas. Dudas de que
no me estén observando; pero también dudas de que estén despiertos. Es el juego
de los dobles fondos. Todo aquí parece estar en un doble fondo...”
Mauricio llegó, sacó a Ofelia de sus
pensamientos y le entregó la bebida.
“Doble fondo: la copa es real; sin
embargo, hay otra realidad que se oculta. Yo recibo la copa, y sé bien que lo
que recibo no es tan solo una copa. Entreveo lo que hay detrás de este líquido
y de esta mano que me ha entregado el vidrio. Todo aquí está en doble fondo”.
-¿Siempre le has sido infiel a Marcia?
-preguntó Ofelia con el vaso delante de los labios, los que apenas si se
abrieron para dejar escapar esas palabras.
-¿Qué es siempre, Ofelia? -reaccionó
Mauricio alzando la voz, como para que Ofelia acabara convenciéndose, de una
vez por todas, de que Marcia estaba dormida y que no había para qué hablar en
murmullos.
-Yo nunca he engañado a Brefantas... –continuó
diciendo Ofelia, aparentemente calmada y sin alterar el timbre natural de su
voz, pero sí algo torpe en el ritmo de su prosa-. Yo misma estoy... sorprendida
de... estar aquí, en esta casa...
-Shst! -expresó Ñudo, al tiempo que
colocaba un dedo en los labios de Ofelia-. No pienses que estás aquí. En estos
momentos, no conviene pensar. Bebe.
Ofelia bebió un largo trago, y con los
ojos vidriosos, dejó que se le dibujara una sonrisa.
-¿Ya habían previsto este acto... Marcia y
tú?
-¿Qué cosa? –reaccionó Mauricio Ñudo,
inclinándose para colocar el vaso en la mesa.
-Que yo esté aquí... sola contigo...
mientras ella simula que duerme.
-¿Preferirías estar en tu casa? -se burló
Mauricio-. Además, fuiste tú quien nos pidió que continuáramos la fiesta. Tú
fuiste quien decidió que dejáramos tirado a tu marido en el bar.
Después, Ñudo tuvo necesidad de un cigarrillo.
Sacó un mentolado y lo encendió tranquilamente. Soltó el humo con cierta
ceremonia, haciendo con las cejas el gesto de quien se prepara para decir algo
único e irrepetible.
-Como ves, Ofelia, nosotros no previmos
nada. Tú estás aquí porque así lo determinaste, y porque también Marcia estuvo
de acuerdo en que vinieras con nosotros a casa.
-¡Ya... - reaccionó Ofelia, y acercó,
sintiendo un triste cansancio en todo el cuerpo, el vaso a la boca. -¿Y entonces? ¿Qué propones? -Terminó diciendo.
En ese momento Marcia movió la cabeza
hacia el otro lado de la lámpara, llevó la mano a los labios y limpió con el dorso la babilla que se le había escurrido. Al poco tiempo balbuceó con la
cara completamente oscurecida: “Tengo frío, Mauricio...”
Mauricio se acercó, la ayudó a poner los
pies encima del sillón y la cubrió con una manta que había traído de la
habitación. Desde allí, parado junto a las rodillas de su esposa, levantó la
mano e invitó a Ofelia a que lo siguiera.
-Vamos a la cama -dijo, y aplastó el
cigarrillo en el cenicero.
-No -respondió Ofelia-. No quiero ir allá.
-¿Qué quieres, entonces? -preguntó Mauricio, casi con
desesperación.
-Salir de aquí -aclaró Ofelia.
Ñudo se dejó caer en el sillón, echó
las manos detrás de la cabeza y dijo, luego de pasear la punta de la lengua en
el cobrizo mostacho:
-Estoy borrachísimo; no podría conducir.
Ofelia permaneció en silencio, y
luego de un paréntesis en el que vislumbró a Brefantas saliendo del bar donde habían estado bebiendo piñas coladas -ellas- y tequilas dobles -ellos- se inclinó para recoger el vaso, y al cansancio comenzó a sumarse un poco de angustia. Antes de beber, contempló
durante varios segundos la porosa luz que flotaba encima de la cara de Mauricio Ñudo.
Sin quitar Mauricio las manos de la nuca,
y con los ojos cerrados, habló:
-Estoy cansado para salir, Ofelia. La
fiesta ha terminado.
-¿Me preparas otro vaso? -pidió ella, y
volvió a frotar los pies contra la alfombra.
Tardó tiempo en reaccionar Mauricio.
Finalmente, se incorporó trabajosamente y fue a traer de la cantina una botella hasta la mitad de ron cubano.
-Toma. Bebe hasta quitarte de la cabeza la
vergüenza; yo ya no puedo más -dijo, y se retiró a su habitación.
Ofelia preparó el vaso y fue bebiéndolo a
pequeños sorbos, pensativa, reflexionando sobre la decisión que tomaría.
Después se recostó en el mueble en que había estado sentado Mauricio Ñudo; pero
no podía conciliar el sueño. Se levantó y fue a la alcoba, en la que lo encontró acostado, todavía con las ropas puestas. Sonrió al verlo así, perniabierto y
con la boca de par en par, en medio de la cama.
-¿Qué esperas para tenerlo adentro de ti? -sorprendió
a Ofelia la voz de Marcia.
Ofelia recargó la espalda en el marco de
la puerta, y tras reponerse del susto, preguntó:
-¿A qué están jugando?
-Lo mismo te preguntaría yo -dijo Marcia
con los ojos enrojecidos- ¿A qué estás jugando?
Iba a regresar Ofelia a la sala, pero
Marcia la detuvo diciendo:
-No seas hipócrita. Acaba lo que has deseado tanto tiempo.
Después la empujó hacia el fondo de la habitación.
-Ven aquí, Ofelia -dijo Mauricio, al
tiempo que se levantaba para quitarse el pantalón-. Mejor dicho, vengan las
dos.
Marcia comenzó a bajar el cierre del vestido, y
entonces Mauricio se puso en pie para desnudar a Ofelia, quien de pronto
reconoció, en el preciso instante en que caía el vestido a los pies de la cama, que el juego (los dobles fondos) no había terminado aún.
No había
nadie que sacara el cadáver de entre los escombros.
Fueron
las moscas, primero, las que se hacinaron en la mano que asomaba, sangrante, entre
los adobes. Luego fueron los zopilotes los que escarbaron con el pico y las
garras. Tragaron lo necesario y abandonaron los restos al gusanal.
No había
hecho testamento ni había dejado instrucciones de qué hacer con su cuerpo muerto.
No había dejado por escrito que lo incineraran ni que echaran las cenizas a un
río / a un lago / o al océano.
Era una
idea sencilla. De una belleza imposible de olvidar. Se repetía como un
estribillo y no cansaba. Era una idea que se podía llevar con suma facilidad al
sueño.
En el
sueño podía mantener su sencillez la idea. La repetición de esta idea era lo
único que no podía aparecer en el sueño.
((( En
el sueño las repeticiones son síntomas de una locura próxima al despertar.
Aquella
idea no estaba para generar locura sino calma. Mucha calma.
Lo difícil
era hacer ver la idea en otros. Otros, en los que sentíamos tener cerca de
nosotros.
Los otros,
los no cercanos, era todavía más complicado colocarlos dentro de la fresca
suavidad de esa calma-idea.
Difícil,
más no imposible. Podía darse la idea de otra manera de como suelen ser
ofrecidas las ideas. En lugar de exponerla a los inútiles riesgos que conllevan
los signos de la explicación, sería preferible acomodarla en una serie de sonidos
insignificantes, y así, con el rumor que suele presentarse tras ciertas
catástrofes, soltarla, dejarla resbalar por los agujeros de lo inesperado.
Luego,
no enseguida, sino luego, bien podría aparecer alguien tan desatento a las cotidianas
responsabilidades, que se convertiría en testigo de la idea, y sentiría –como nunca
en él ni en ella- todo el asombro que deviene cuando algo tan aparentemente
insignificante se ha metido en la piel y no lo abandonaría a uno ni en sueños.
El otro día leí lo que sigue. Da lo mismo si fue en la tarde o en la mañana. Tampoco importa la fuente donde aparecieron las palabras y las imágenes.
Lo que verdaderamente importa no está de este lado de mis dedos, ni de las explicaciones que tantos otros pudieran dar.
Lo que importa, lo que verdaderamente importa, está del lado de allá, donde no dejan de ocurrir los hechos.
El Senado de Estados Unidos aprobó hoy por
unanimidad otorgar al Pentágono fondos suplementarios valorados en 225 millones
de dólares para financiar el escudo antimisiles de Israel conocido como
"Cúpula de Hierro".
"Estamos con los israelíes, porque si no
tienen la 'Cúpula de Hierro' no pueden defenderse", aseguró el senador
republicano y ex candidato a la presidencia del país John McCain.
Así va la realidad que me aturde, cuando leo que ha ganado un premio de literatura el perfecto escritor, creyente de la belleza eterna en las palabras.
Me duele el pecho. Supongo que es por la docena de cigarrillos que fumé sentado al filo de la azotea.
Niños en Gaza: sin final feliz
La alta comisionada de Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, Navi Pillay, denunció el jueves los proyectos de Washington
de devolver a sus países de origen a los menores en situación irregular
provenientes de América central. "Hay unos 57 mil menores solos en Estados
Unidos. Estoy especialmente preocupada, ya que Estados Unidos parece estar
dispuesto a devolver a una mayoría de ellos", declaró Pillay a los
periodistas en Ginebra.
Para Washington, esta llegada masiva es una
"crisis humanitaria". La mayoría de los niños vienen de El Salvador,
Guatemala y Honduras, de donde huyen de la pobreza y la violencia. Según
Pillay, hay que ofrecer un techo y cuidados a estas jóvenes víctimas. "La
devolución [de los menores] únicamente debería llevarse a cabo si se garantiza
su protección en los lugares donde irán", declaró.