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Después
de dos mañanas nubladas en playa de Cancún, la siguiente inició clara,
transparente. El sol daba un color intenso a todas las formas que se movían o
que había quietas en la arena. Más allá estaba el mar, arrugado en sus
jadeantes aguas de azul y sombra, de luz y transparencia. La playa brillaba por
los trozos de las conchas y los caracoles, la sal y otros minerales. Más acá,
las aguas de la fuente distribuida en tres cuadrados piramidales por los que se
chorreaban cortinas de agua límpida, por entre las que iban y venían figuras de
cuerpos casi desnudos hablando y bebiendo cerveza, y una pareja de orientales
sacando selfies con el mar de fondo. Por el lado donde me encontraba mirando
todos esos resplandores, había niños jugando, corriendo ante la indiferencia de
las mucamas que no dejaban de golpear con sus franelas de color las balaustradas
y las escobas en otras manos que barrían rítmicamente al son de sombras y de colores
que se desbalagaban por los umbrales de pasillos y otros tantos corredores.
Escuché dentro de mi cabeza: la
evolución acá no es evolución. Por acá las cosas se gastan y se olvidan. Cada día
es como hacer lo mismo. Y es lo mismo que se pudre hasta hacerse polvo en el
hueso de los días.
Y allá, en el horizonte, se movía un
crucero con la calma de un animal entristecido, llevado sin señal de sombra por
un camino de sol eterno.
***
Dios indemostrable,
agazapado en su irrealidad de palabras y oraciones.
Dios en
mentes y cuerpos demostrables moviéndose en su realidad de ficciones, llenos de
esperanza y de fe.
Mientras
tanto, el aire, incansable, agitaba sin estridencias las cabelleras verdes,
sobre la quietud de los troncos de palmeras grises.
Un instante.
Qué
otra palabra, Dios, que la vida y la muerte para conjugarse y para mostrarnos,
de cuerpo entero, ¿la inmensidad de un cielo sin nubes?
¿Qué
otra palabra que pueda llenar de vida en la muerte con un tiempo inmemorable?
¿Cómo
es posible hablar de Dios, pensar en Dios, sin experimentar la intensidad de la
vida y la muerte en un parpadeo?
¿Cómo
vivir sin morir, al mismo tiempo que Dios vive y muere con nosotros?
No hay
esperanza, Dios, ni conocimiento ni nada que haga de la carne sensación de
forma, de alma.
No hay
época, Dios, ni nadie en el polvo que escupa esa luz hecha agua, esa sombra
hecha idea, esa pregunta que ignora todas las respuestas.
***
Cuando
no hay voz ni palabra dentro de mi:
el
vacío es todo el silencio que me colma
y me habita,
me
borra y me hace caer en la nada.
La nada
es todo lo que soy,
y el
vacío que es silencio de nada
no
deja de habitar en mí.
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