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martes, 20 de enero de 2026

Detrás de una ventana y un balcón

 



 

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Después de dos mañanas nubladas en playa de Cancún, la siguiente inició clara, transparente. El sol daba un color intenso a todas las formas que se movían o que había quietas en la arena. Más allá estaba el mar, arrugado en sus jadeantes aguas de azul y sombra, de luz y transparencia. La playa brillaba por los trozos de las conchas y los caracoles, la sal y otros minerales. Más acá, las aguas de la fuente distribuida en tres cuadrados piramidales por los que se chorreaban cortinas de agua límpida, por entre las que iban y venían figuras de cuerpos casi desnudos hablando y bebiendo cerveza, y una pareja de orientales sacando selfies con el mar de fondo. Por el lado donde me encontraba mirando todos esos resplandores, había niños jugando, corriendo ante la indiferencia de las mucamas que no dejaban de golpear con sus franelas de color las balaustradas y las escobas en otras manos que barrían rítmicamente al son de sombras y de colores que se desbalagaban por los umbrales de pasillos y otros tantos corredores.

          Escuché dentro de mi cabeza: la evolución acá no es evolución. Por acá las cosas se gastan y se olvidan. Cada día es como hacer lo mismo. Y es lo mismo que se pudre hasta hacerse polvo en el hueso de los días.

          Y allá, en el horizonte, se movía un crucero con la calma de un animal entristecido, llevado sin señal de sombra por un camino de sol eterno.

 

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Dios indemostrable, agazapado en su irrealidad de palabras y oraciones.

Dios en mentes y cuerpos demostrables moviéndose en su realidad de ficciones, llenos de esperanza y de fe.

Mientras tanto, el aire, incansable, agitaba sin estridencias las cabelleras verdes, sobre la quietud de los troncos de palmeras grises.

Un instante.

Qué otra palabra, Dios, que la vida y la muerte para conjugarse y para mostrarnos, de cuerpo entero, ¿la inmensidad de un cielo sin nubes?

¿Qué otra palabra que pueda llenar de vida en la muerte con un tiempo inmemorable?

¿Cómo es posible hablar de Dios, pensar en Dios, sin experimentar la intensidad de la vida y la muerte en un parpadeo?

¿Cómo vivir sin morir, al mismo tiempo que Dios vive y muere con nosotros?

No hay esperanza, Dios, ni conocimiento ni nada que haga de la carne sensación de forma, de alma.

No hay época, Dios, ni nadie en el polvo que escupa esa luz hecha agua, esa sombra hecha idea, esa pregunta que ignora todas las respuestas.

 

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Cuando no hay voz ni palabra dentro de mi:

el vacío es todo el silencio que me colma

y me habita,

me borra y me hace caer en la nada.

La nada es todo lo que soy,

y el vacío que es silencio de nada

no deja de habitar en mí.

 

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