El olor
de la madera, enjuagada con años de cerveza y vino tinto, ya sólo era un
susurro de otras tardes en tu memoria. La atmósfera de vidrios ahumados, de
música que flotaba entre los muros de fibra y tabla-roca, estaba ahora en los
estruendos de las risas y de los cabellos multicolores, con minúsculas
fluorescencias lunareando los cubos de bocinas esquinadas, donde había videos musicales y
otros temas que a nadie le importaba. Ya no cabías en ese lugar en que estaba
prohibido fumar. Ya tus ojos no estaban para quedarse anclados entre los vacíos
de la entretención corpórea. Ni el DJ que jugaba en los recuadros de pasajero silencio,
ni él parecía contento. Estaba claro que la actuación histriónica poseía otros
códigos, y tú no estabas ya para averiguarlo. Descolgaste el chaquetón que
había estado en el respaldo del banco alto de varillas tubulares, te lo echaste
en un brazo y saliste con el sigilo de quien se ha equivocado de salón. Pero antes
de escapar definitivamente, una mano apretó tu hombro y te obligó a detener el
paso. Te entregó una nota y en ella leíste: cerveza oscura - 50 pesos / la
propina no está incluída.
Afuera la noche estaba fresca. Caminaste
hasta la avenida, encerraste medio cuerpo en el chaquetón y te fuiste cavilando
en las cosas que habían ido despareciendo de tu vida; mientras tanto, en tu cabeza
no había dejado de sonar esa música de otras noches.
Había
pensado en alguien, o en algo tan grande e ilimitado como un abstracto. Había pensado
que sería puntual, entero y fuerte para no perderse en rutas absolutas y con
fines indudables.
Ya no
sé si me interesa comunicarlo. Está todo tan lleno de gritos y de explosiones,
tan surtido de odios feroces. Ya no sé ni estoy seguro si ese alguien en quien
he pensado existe o ha dejado de existir. Hace tanto tiempo que nació en mí la
idea de pensarlo, pero ahora no, ya no podría pensar lo mismo.
Algo
así podría suceder con mi aliento y con mis sueños. Estaré callado y despierto,
sin pedir ni decir buenas noches a nadie. Estaré como un sonámbulo hasta más no
aguantar la luz de los días. Me pregunto si podré caminar en las noches sin
riesgo a caer destrozado por las granadas de todos ellos, de quienes se dice
que son crueles y despiadados.
Me calma
saber que están ahí las paredes, tan tranquilas para recibir las palabras que
me angustia saberlas allá, abandonadas en los calabozos de otras bocas. Trataré
de alcanzar la calma de estos muros que me aguardan, ya después pensaré en
alguien o en algo más grande que todo esto que me apachurra el pecho y la
garganta.
El juego
sin juego estaba dado. Una ilusión: creer que había otro lugar para
desplazarse. Libertad era la consiga que se había inyectado en el
cuerpo de la historia. Falso. Incierto era todo.
En los
televisores de miles de casas -tal vez
hasta de millones, se podía pensar; la imagen del fenómeno estaba logrando los
efectos esperados. En las mentes de todas esas familias estaba el helado ritmo
de la amenazante realidad. El terror era la gran inyección puesta en los pensamientos
de quienes estaban allí, atrapados por la palabra y la imagen. Lo interesante
era que los animales, tan perceptivos de los inminentes desastres naturales, no
mostraban la más mínima alteración en su conducta. Estaban pasando las horas en
jardines o en cielos contaminados, en copas de árboles cobrizas, del modo más
natural a su estilo de vida. Era como si en ellos el peligro fuera inexistente.
No así entre los humanos, que estaban dispuestos a aceptar y a conducirse según
los dictados de las poderosas palabras emitidas como cantilenas por los
heraldos de los Mass Media internacionales y nacionales.
Era otro
el juego. Macabro juego. Las cortinas apestaban a muerte. Las sillas amenazaban
con derrumbarse. Las camas era pozos llenos de tristeza. El tiempo estaba
poseído por las mentes de unos monstruos que ignoraban la existencia de
millones de niños. Ni las mariposas negras volaban en derredor de los
ventanales: iluminados por las pantallas de computadoras, teléfonos
inteligentes y televisores. Televisores. Todo el día y toda la noche las
ventanas iluminadas.
Aquella
tarde Mario me aseguró que, un día antes, había jugado conmigo y con Felipe a
las canicas. Yo le dije que no, que era imposible porque yo había estado
durmiendo toda la tarde en mi cuarto; enfermo de cansancio.
Esto
sucedió hace mucho años. Éramos niños y nada sabíamos de los dobles ni de los
desprendimientos astrales. Oníricos.
En
alguno de los libros de Carlos Castaneda leería después sobre el soñador
soñado, particularmente sobre Don Genaro. Recuerdo lo impresionante que le pareció
a Carlos, el aprendiz de brujo, conocer todas esas historias sobre la realidad
del doble. Realidad en la que el soñar dirigido era fundamental para comprender
por experiencia la significación de esa misteriosa realidad del desprendimiento
físico y mental del soñante, para reproducirse en otro, el soñado actuante.
La otra
semana me llegó un email de una amiga a la que tengo algunos años sin ver, donde comenta
sobre todo aquello que estuvimos conversando el otro día (da fecha y hora) en
un cafetín de nombre impronunciable, y en una ciudad desconocida para mí.
Ha
sido este correo el que me llevó a recordar al amigo de marras, quien vio a mi
doble sin saber nada sobre esta teoría –o superstición, según lo afirman los
más racionales del planeta.
Tal
vez esta noche concentre mi voluntad para ir al lugar donde estará mi cuerpo
durmiendo, y yo de pie, mirando todas esas escenas que pondrán en riesgo la
existencia de mi doble. Decirlo así, podrá sonar como un mero juego de
palabras; lo cierto es que resulta insólito todo esto, pues se trata de una
sensación que proviene de lo más hondo del cuerpo, una como vibración de huesos
que avisa sobre la cercanía del doble, y que acaba disolviéndose en las paredes
internas del diafragma, hasta dejar un boquete grande que hace imposible pensar
en nada.