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Mostrando entradas de mayo, 2016

Fantasmas

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La lluvia chorreaba adentro del edificio. Más allá de las columnas de cemento estaba otra realidad. Pero adentro, el grupo de fantasmas buscaba refugiarse del frío y de los chorros de agua.
          -No parece acabar esta lluvia –dijo uno de ellos.
          -No acabará nunca de llover –dijo otra voz.
          -¿Estaremos ante un nuevo diluvio? –habló un tercero.
          Nadie reaccionó ante esta idea.
          Caminaban uno detrás de otro junto a muros reventados, sin hablar ni levantar la mirada. Todo alrededor suyo era un territorio de agujeros grandes y medianos, de enormes troncos y bestias que aparecían y desaparecían por todas partes. El olor a selva provenía del otro lado de las columnas. Durante años la naturaleza se había ido apoderando de ese edificio en que caían cascadas que no dejaban ver qué había más allá de los muros de agua y vegetación.
          Después de mucho caminar, dijo una voz doliente:
-Sigan ustedes. Me siento mareada. Voy a quedarme aquí un rato.
          E…

Singulares huéspedes

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Podía hacer la serie y morir y no haber terminado de contarla.
Un dibujo entonces en el agua era mucho más seguro que robarle al cosmos los secretos.
Minúsculo secreto, o hasta menos que eso.
Sabiendo el hueco que se abría, salió a la calle, y como quien se inclina a atarse las agujetas, desbarató la verticalidad y se puso a ver las hormigas con la cara pegada al pavimento.









Mientras tanto, entre la suave claridad de la tarde, los pasos fueron y vinieron, y la mirada, impuesta por los influjos de lo cotidiano, alcanzó a vislumbrar el cuerpo de algo ajeno.
No faltó quien tuviera el deseo de patear ese cuerpo que ignoraba las normas de lo público.
Maldita la hora en que pasé por esta calle, dijo el viejo que chorreaba rabia en su prisa.
Por el contrario, algunos colegiales vieron el hecho como de lo más normal, y se acercaron a curiosear con quien mantenía el rostro pegado al pavimento.
Es otro el espacio.
Desde aquí, es otra la promesa del lenguaje.
Llegó la policía. Lo vieron así; arrodilla…

Distintos tiempos

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I
Era la misma pregunta tantas veces repetida. Pero con el tiempo, la respuesta no podía ser nunca la misma. Así pasaba también con otras ideas que se le habían ido quedando al pasar de los años. Por más que quisiera llegar hasta la médula en todas esas figuras de la mente, al final de esta búsqueda, lo que se mostraba eran más fantasmas -abundantes fantasmas- y menos espacio para dejarlos ambular en los corredores de su mente. Con otras palabras, el río de Heráclito estaba, pues, realmente vivo en los torrentes de su sangre y de su pensamiento.   
II Pulso apenas. Peligroso, llevar el tenedor a la boca. La cara empapada en sudor. Hambre. Y angustia. Le pediría a Bárbara que le ayude. Pero nada le dice. Deja que ella continúe charlando con su primo, su amor de adolescencia. Más acá, a centímetros de distancia, el esfuerzo para cortar la carne sin hacer rechinar los metales en la porcelana del plato, más aún, aterrado de que vaya a salir botado el jitomate o algunas rodajas de cebolla, s…

Zona centro

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Había conocido músicos callejeros, actores callejeros, bailarines callejeros, poetas callejeros; pero nunca me había topado con ningún filósofo ni cuentista callejeros. Los conocí la semana pasada.             El filósofo era un viejo que se apoyaba en dos bastones purépecha para caminar y para mantenerse en pie mientras hablaba sobre todos esos pensamientos que le venían dictados por el dolor y la decepción. A diferencia del filósofo, el cuentista era un adolescente, quien con gorra y gafas gruesas, sucias y con cordones para mantenerlas seguras sobre la cara, contaba sus breves historias en torno a las peleas de su barrio y de todos aquellos que habían caído asesinados por las balas o por arma blanca. Después de echar el cuento-crónica, se sacaba la gorra y comenzaba a pasearla frente a los espectadores; había quienes sacaban algunas monedas y las depositaban en el redondel de la gorra, o había otros que nada más daban la vuelta y dejaban al cuentista con el brazo extendido. Para con…

Señales

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No soy un ser de razones; antes bien, soy un ser de sinrazones. Lezguiebo Znahda

El día se anunciaba en una intersección. Detenido para cruzar la calle, Lucio miró el choque de dos atomóviles. El resultado fue que las bolsas de protección hicieron lo esperado: estallaron contra el rostro de cada uno de los conductores. Enseguida llegaron algunos peatones para asegurarse de que estaban vivos los pasajeros, y mientras los cláxones de ambos autos no dejaban de sonar, tuvo que retirarse uno de los que habían llegado a mirar en el interior de los carros. Extrajo el celular de su chaqueta de cuero y empezó a marcar. Lucio continuó su camino, con el corazón alterado y con la garganta reseca.      A las pocas horas, cuando salía de una tienda donde había comprado un paquete de cigarrillos, y cuando se disponía a encender uno, volvió a escuchar el estruendo de una colisión. Esta vez se trataba de un vehículo del transporte público, que había golpeado contra la parte lateral de una camioneta. Fue …

Unas horas más tarde

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A la memoria del maestro poeta Enrique Fierro

Debe ser noche tibia Noche de mayo en Austin. Debe ser una hora, Como la de siempre, Como la de cada noche, Y tú ya sin más dolor, Sin más preguntas al silencio, Sin más versos breves entre tanto ruido.
Ya no tendrás que arrastrar la sombra / tu sombra Para llegar Para ir Para entrar Para salir. Ya no tendrás que detenerte a beber el aire. Ya no te verán más nunca entre los ventanales Ni callarás más desánimos abajo de tu eterna barba.
Debe ser noche tibia en Austin, Noche 21 de mayo en soledad. ¿A qué horas fue que te olvidaste de todos los muertos De todos los vivos que te recordaremos siempre,
Amigo, maestro, poeta Enrique Fierro?


Entre infinitos puntos

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Quizás una palabra,
Contraria al sentido de gavedad,
Un ala, tal vez, para escapar,
Una sensación que todo lo encuentra
Y se encima y hunde el cuerpo
En un mar de playas lejanas.


Un soplo en el día,
O más bien una idea helada,
Un sabor a sangre a todas horas,
Una verdad lastimada con los insomnios,
Con toda la noche para derrumbarse
Entre huesos,
Entre sollozos,
Entre puntos infinitos de oscuridad,

Y silencio.



Nadie supo nada

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TU VIDA ESTÁ EN VENTA. LLAMA A LA TELE Y CUÉNTALA.
Henning Mankell: Antes de que hiele

Estaba en el largo sillón de la sala, sobre una mancha de sangre, con el cuello abierto y algunos coágulos en la garganta. Del estereofónico escapaba incierta música, agrietada con interferencias provenientes de diferentes pistas, con estilos musicales muy diferentes. Podía decirse que eran mezclas duras. Era una tarde lluviosa.
            Nadie había oído nada.  Nadie supo nada. Sólo la muerte, que estaba mirando a través de los ojos del suicida, cuidaba que las moscas no se adentraran en la herida.

Como una mosca

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Encerrado en varios libros, sin hallar la salida a ninguna hora. Con los argumentos rotos en mi dodecafónica existencia, inferior o sin fuerza para oponer resistencia a nada que no fuera el tránsito de muchas voces y pensamientos. Apenas si podía levantar la cara después de tanto ir a velocidades de un supersueño que se desbarataba pronto, con cada pestañeo nervioso, con miedo a deshacerme en los remolinos de los ecos que sucedían tempestuosamente. De hecho, la sensación se hacía en el no estar seguro dónde mis pensamientos iniciaban o terminaban destruidos. Todo era como un teatro a oscuras, colmado de un nocturno resbalar hacia el silencio.     Después, el afuera desapareció. Y yo terminé hundido en una realidad sin fronteras reales. Allí estoy, con los nervios electrizando las fragilidades de mis órganos, aterrado como una mosca al estallar la luz de una bombilla en plena tarde.