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Mostrando entradas de enero, 2016

Callarlo

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No hablo de los átomos, Ni siquiera como esdrújula. Pienso que sería grave Desbaratarme en las ruinas De una historia jamás contada.
No hablo de los números, Ni siquiera como imagen. Es cierto que sé la hora Y la fecha en que aprieto, Como ahora, los ojos Y los labios en tu oreja izquierda.
No hablo de que estoy despierto Y que sueño acostado en esta tarde. Es raro que me acuerde, en un instante, Del tatuaje que había en la barriga del cadáver. Es raro que tu menciones Advokat Bjurman Y yo piense en Salander.
Ya lo sabes: Es una serie de cuatro veces la misma palabra, Y luego otra, única, como contra imagen, Como engarce, como huella de que hubo, Entre tus dedos, el ala de mariposa monarca.
No hablo de tu cuerpo Ni del nombre que te dieron. Pienso que sería grave Dejarlo todo en manos de los dioses. Ya lo he dicho, Pero hubiera sido mejor callarlo. Callarlo Callarlo Callarlo
. . .

El viejo y su perro acompañante

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El viejo, doblado del cuerpo por una cantidad de años indefinible, todos los días barre la calle, la misma calle todos los días. Lo vecinos le dan algo de comida y un poco de dinero para sus medicinas. Temprano en la mañana sale de su casa, que está en la misma calle que barre todos los días, con un perrito sucio que lo acompaña y que es con quien habla mientras barre, con lenta dificultad, las basuras que echan los peatones o los conductores de los carros que pasan  habitualmente.
Ya amoratada la tarde, fin de una jornada más, el viejo arrastra el anaranjado bote sobre el pavimento con la basura del día adentro. El bote queda abandonado afuera de su casa, y él desaparece, junto con su perro, también cansado de escuchar las mismas historias negras que le cuenta el viejo todos los días, con las primeras sombras de la noche.
Las pasadas noche buena y noche vieja, desde luego, no fueron distintas para el viejo ni para su perro acompañante.