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Mostrando entradas de octubre, 2015

Macabro juego

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El juego sin juego estaba dado. Una ilusión: creer que había otro lugar para desplazarse. Libertad era la consiga que se había inyectado en el cuerpo de la historia. Falso. Incierto era todo.
En los televisores de miles de casas  -tal vez hasta de millones, se podía pensar; la imagen del fenómeno estaba logrando los efectos esperados. En las mentes de todas esas familias estaba el helado ritmo de la amenazante realidad. El terror era la gran inyección puesta en los pensamientos de quienes estaban allí, atrapados por la palabra y la imagen. Lo interesante era que los animales, tan perceptivos de los inminentes desastres naturales, no mostraban la más mínima alteración en su conducta. Estaban pasando las horas en jardines o en cielos contaminados, en copas de árboles cobrizas, del modo más natural a su estilo de vida. Era como si en ellos el peligro fuera inexistente. No así entre los humanos, que estaban dispuestos a aceptar y a conducirse según los dictados de las poderosas palabras e…

Otra vez el doble

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Aquella tarde Mario me aseguró que, un día antes, había jugado conmigo y con Felipe a las canicas. Yo le dije que no, que era imposible porque yo había estado durmiendo toda la tarde en mi cuarto; enfermo de cansancio.
Esto sucedió hace mucho años. Éramos niños y nada sabíamos de los dobles ni de los desprendimientos astrales.  Oníricos.
En alguno de los libros de Carlos Castaneda leería después sobre el soñador soñado, particularmente sobre Don Genaro. Recuerdo lo impresionante que le pareció a Carlos, el aprendiz de brujo, conocer todas esas historias sobre la realidad del doble. Realidad en la que el soñar dirigido era fundamental para comprender por experiencia la significación de esa misteriosa realidad del desprendimiento físico y mental del soñante, para reproducirse en otro, el soñado actuante.
La otra semana me llegó un email de una amiga a la que tengo algunos años sin ver, donde comenta sobre todo aquello que estuvimos conversando el otro día (da fecha y hora) en un cafetín d…

¿Para qué?

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Sería mejor que no fueras que no aceptaras la existencia del lago y su cielo en plena tarde.
Sería preferible que escondieras en los labios el deseo de hundirte en la noche y callar –aunque en realidad parecerá todo lo contrario.
Cerrarás puertas y ventanas y los oídos, cubiertos con el desvelamiento a toda piel.
Ya expulsado por las voces de todos ellos, asistirás cabizbajo a dar el pésame a tus manos.
Murmurarás con voz de sonámbulo el regusto de haber caído sobre túmulos de piedras.
De cadáveres como días en tu espalda.
Un rosario de sueños o de pesadillas, un ojo enorme abierto hasta de noche, un cansancio que punzará ensangrentándote la sombra, un sacar la lengua y dejarla yerta, olvidada hasta su muerte.
Sería mejor que no fueras que no encontraras esos pliegues en que descubrirías a quien pudo llegar a ser.
De saberlo ellos, te romperían las piernas y las manos.
¿Para qué?
Serías el último en saberlo.
El último en dejarlo caer para tu olvido.