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Mostrando entradas de febrero, 2015

Última hora

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Incipiente noche de horas primulares. Detrás de la puerta, otro amanecer –que nunca más llegaría- para el abuelo. En el cuerpo la murria aceitosa resbala que resbala hasta las puntas de las formas, por donde, otra vez la sombra, se estampa y permanece quieta. La contempla él; no la murria contemplada sino sentida como un líquido viscoso en las carúnculas, en las orillas de los dedos, en el filo de la lengua.
En tanto la sombra, que no era sentida pero sí contemplada, tañía con su límite el imaginario ser de Ofelia.
Otra vez Ofelia. 
En otra hora.
No puedo ni quiero despertar. No soporto recordar aquella tos que apareció de pronto en tu boca. Despertar significaría recordar tu pálida piel, volver a escuchar tus gemidos en la cama, oler tus deslucidos cabellos, sentir los temblores de tus manos apretándose a las frazadas, girando y girando porque ese dolor porque esa inflamación no cede, se agiganta, y la tos, y la sangre en las encías, y tu paso cansino, y tu sonrisa marchita, y tu voz e…

Sin nombre

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De ninguna casilla y en ningún costal.
Cada instante una revoltura haciéndose con las manos de todos y de nadie.
Sin nombre identificatorio. Un pensamiento. Otro lejos de aquí para ser atraído.
Otro ritmo que se rompe en las cuerdas de los cuerpos yertos. Vacíos.
Vacíos los cuerpos. Yertos. Enfermos de imposibles.
Nada para ser pronunciado de forma contundente.
Nada. Nada. Nada. Eso es. Nada.
Boca abastecida por futuros inservibles.
Inútil pronunciarlo de otra manera.
           Hastío. Cansancio de estar en la misma esquina.
            Tirados en los huecos / abandonados por cadávares.
Silencio. Silencio. Silencio. No hay alguien para desmentirlo.
            Sin reparaciones.
A la intemperie el rostro de la enfermedad.
Prescripción fallida, como ocurre siempre que se olvida la palabra precisa.
Otra vez otra noche.
Otro hueco otra vez entre los dedos que se abren al aire.

Un día después

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Oyes. Ves bocas que se abren, y oyes. Escuchas el tono, la altura, el timbre, en fin, otro diría que has estado captando las diferentes tesituras.
Miras los gestos de cada uno de ellos que habla, aunque no necesariamente sea el mensaje dirigido a ti. O bien, está el que te habla a ti, pero tú no entiendes ninguna de sus palabras. No es otra lengua, distinta a la tuya; es, efectivamente, la lengua en la que, todavía hasta ayer, habías estado comunicándote con todos ellos.
            Hoy no. Hoy no hablas ni comprendes lo que dicen esas voces que te interpelan. Has vuelto a caer del puente aquel. Si alguna vez creíste que jamás volverías a estar en el puente del que caíste y te levantaron casi muerto de desconocimiento, ya te estarás dando cuenta que no. Ahora no podrías decir si estás lleno de cansancio, si estás con hambre o si necesitas esto o aquello. Nadie podría escuchar todo eso que te está ocurriendo adentro del cuerpo y de tu pensamiento.
            Abres desmesuradamente los o…