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Mostrando entradas de junio, 2014

Mercuriales ríos

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Con el tiempo se fue convirtiendo en un texto de fantasmas. Si viviera el autor se sentiría, quizás, libre y transparente. Ya no estaba en su lenguaje la presencia firme de los zapatos ni las botas. Las habitaciones no guardaban más el aroma de los cuerpos en su desnudez, no había ecos de gemidos ni pensamientos peligrosos que atentaran contra el muro de las costumbres. Era un texto flotante, mercurial para los caprichos de las mentes aturdidas. Ya nada podían hacer las cabezas que se sacudían frente a los abismos de todas esas ventanas cubiertas con espesas telas de araña. Ya esas cabezas sólo esperaban la espada del samurai que se levantaría y vendría desde el más allá para clausurar la visión de los paisajes límpidos, pletóricos de aromas y colores. El autor ya podía despedirse sin remordimientos de lo que otros habían entendido o creído comprender sobre sus historias. Ya podía cerrar todas las puertas de su realidad y abandonarse al silencio y al abandono. Oscuridad. Nada más que o…

En el silencio de las grietas

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La calle era todo eso que el poema chorreaba en el silencio de las grietas. Era también el campo propicio para desbaratar la falsa alegría que caía de cara al cielo, entre voces y gritos. El cuerpo de la calle se llenaba entonces sin quererlo tantos de pesadillas y de otras verdades arrugadas en cabezas envueltas con la sangre de los intranquilos. Hurgaban los perros en todas esas montañas de comida                              afuera de los bares y de otras zonas abiertas al peligro. Hurgaban los gatos en las sucias cocinas o en otras casas atiborradas de moscas en los cuerpos descompuestos por la muerte acelerada con disparos. Después ya no había poema sino crónica                                                 novela negra con seudónimo y advertencia: “Cualquier semejanza con la realidad no es mera coincidencia” Y en el fondo estaba la imagen de una calle / otra calle que era todo eso
que el poema chorreaba en el silencio de las grietas.


Intermitencias

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La bicicleta estaba allá apretada a la sombra del tronco añoso enorme en su quietud de espera. Para experimentar la levedad de las mariposas, que iban y venían, no fue un viento fuerte el que actuó recordando el día aquél en que se marchó flotando, hasta el río, sobre el camino de piedras. No fue ese viento pero sí la bicicleta aquella en que sintió el roce de la vida entre los labios, y se alegró de no ser piedra ni tronco ni sabino, y ni mucho menos, huella.