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Mostrando entradas de enero, 2014

Grietas

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Abres ese cuaderno que durante varios años estuvo guardado en el cajón del mueble viejo, arrumbado en el cuarto de los insomnios.
“¿Esto fue escrito por mí?” te lo preguntas mirando en torno a la punta del zapato en que está moviéndose un pequeño bicho.
Tiemblan tus dedos. Adentro de la cabeza un remolino de aguas hirvientes quema la piel interna.
Y entonces escuchas el llanto de aquellas tardes en que habías contemplado la niña de ese cuento.
Soñado.
“Esto lo he soñado ya”.
Cierras el cuaderno e intentas recuperar el relato desde la memoria.
Imposible.
“Nada de lo que he escrito forma parte de la memoria que alimenta mis sueños, y sin embargo, son mis sueños el alimento de la memoria que me ayuda a estar vivo. Pero insisto: nada de lo que he escrito está adentro de mí, sino afuera, en las hojas que he llenado con las horas de otro tiempo”.
Abres la libreta en otra página.
Es otro cuerpo, otra mente, otro mundo, distinto del que te acompaña cuando acabas de levantarte. Pareciera que esas …

Ya en otra parte

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(((Para Juan Gelman:
Por suerte no estaba allí Pero el sueño me llevó / días después Y encontré el color de tus ojos En medio de una cueva hecha con arenas grises.
Nunca imaginé que te morirías así En una hora en que todo parecía ir mejor Nunca pensé que te harías inmortal Y tú tampoco lo habrías aceptado
Tú lo habías escrito con el fuego De esa luz que ayuda a calentar los dedos Ateridos por el dolor de tantas ausencias. Tú lo habrías puesto en la orilla De algo tan lejano como un hueso
Como un seco ardor en la curva de la boca.


Extraño en la costumbre

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“How do you prepare the cactus?”, me preguntó la muchacha, mientras iba ordenando las frutas y los vegetales en las bolsas del mercado.
“Excuse me?”, reaccioné con los ojos puestos en la botella de leche que había empezado a flotar por sobre varias cajas de cereales, rodeados por un mar de voces y el soplo helado que entraba por las puertas corredizas de cristal, cada vez que las personas entraban o salían.
          La mucha volvió a repetir la pregunta, y entonces yo, como si estuviera adentro de una cápsula de hielo, hablé con la voz temblando, casi sorda en la helada mañana y chapoteando mentalmente para encontrar la tibieza de las palabras que necesitaba decir. Con burbujas de hielo como puntos suspensivos, fui inventando la receta en que alguna vez había preparado los nopales para aquella cena de celebración en Guadalajara.
          Mientras iba diciendo la receta, la muchacha no pudo esconder el espanto que le provocó saber del platillo hecho con la alegría de las horas para aque…