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Mostrando entradas de septiembre, 2013

Entre telones

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Para los sonámbulos que viven atrapando sombras

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Era normal que Equis Lado hablara de lo que habían dicho otros. Era normal desde que en los libros –ciertos libros- se hablaba de lo que habían escrito y pensado pocos. Equis Lado sabía que así ocurría el movimiento de lo intangible. Pura imaginación llevada al paroxismo. Pendular ocurrencia que flotaba e iba de lo real visible (((legible))) hasta lo irreal imaginable. O a la inversa, también: ir de lo real imaginable hasta lo irreal visible (((tiempo y espacio alucinados / entrevistos))) Y si no, allí estaba y continuaría existiendo el palimpsesto como recurso conceptual para asegurar exégesis y creaciones  de diverso calibre.
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Pero acá en el escenario, donde los zapatos del director de orquesta hacen un perfecto contraste; tanto en definiciones de oscuridad y brillo como de equilibrio y desequilibrio al límite, afirmaríamos que el decir y el intepretar se pronuncian de otra manera. Y si abandonamos los zapatos del director a la im…

Grietas

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Parecía la historia de nunca acabar.
Una explicación pedía otra explicación. 
El colmo estaba o venía a ser toda esa ráfaga de ideas que mataba el alma. 
Ráfaga de causas y efectos. Arbitrariedad de los razonamientos hasta el sofocamiento.
A ese paso enloquecedor de razones, el polvo sabía más que esas bocas llenas de teorías y de pensamientos indelebles. 
Inmortales, los creían sus expositores. 
Otros personajes se habrían mordido los labios para no echar el escupitajo.  
Lo agradable era saber que estaba el silencio, y el viento que haría estallar los globos de colores.
Lo agradable era colocarse en otra parte, allá donde los principios se asimilan al comportamiento de las nubes.
Lejos de la efectividad y el efectismo que han asesinado la sorpresa o el inesperado azar.

Insistir sería tanto como querer embotellar el viento.
By Eduardo Iglesias

Del otro lado de la luz

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Me callaría, y esperaría a mantener la sensación que llegaría entonces. 
Podría ser un resuello de ideas, un torbellino de cabellos desbaratando el núcleo. 
Podría ser el relámpago de una espada cercenando las derrotas del guerrero.
Cerraría los ojos, y regresaría al instante en que fue atrapado el fantasma. 
Podría abrir la ventana y hacer entrar la tarde y el viento. 
Podría caer definitivamente la cabeza del otro lado de la luz.
Al día siguiente, pensaría en las inconsistencias del estar sin ser. 
Pensaría que todo está borrándose, que todo está evaporándose, que todo está para irse siempre, para olvidarse siempre.

Pero lo cierto, lo verdaderamente cierto, es que el fantasma sería apenas la sombra del guerrero y su derrota, del guerrero herido por el relámpago congelado de esa espada.



By Eduardo Arrona

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En la otra orilla

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Para Eduardo Arrona, artista de la imagen. 
Ejemplo de esta afirmación  está esto que aparece aquí,  precisamente aquí debajo:






No pertenezco a nadie,  no asisto a Iglesia alguna,  no creo en Dios ni en el hombre; pero me gusta contar las fresas cuando  como los domingos.

Lezguievo  Znahda


Y mírame ahora. Yo te pienso.  Tú te asombras, tal vez, de que esté tan lejos. Así está bien: Yo del otro lado de tus ojos, y tú del otro lado de mis pensamientos. Pero no he llegado hasta aquí para hablar de las distancias y de los contratiempos, ni he hecho el viaje de los horrores para estrechar tu mano y constatar, una vez más,  las formas de todos los días. Me parece que sería tanto como levantarse de la cama y gritarle al mundo que hay un cuerpo lleno de miserias. Mejor será estarnos quietos, callados, respirando, y flotar, sobre todo, en los fondos grises del olvido. Ya estarás preguntando por qué tanto tiempo vivir con las ropas de todos los días, por qué asomarme a las noches y derramarme en los rebril…

En el medio

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Estaba en el medio. Los bañistas gritaban aterrados, rodeados por la explosión de la ola. Mar Caribe. Arena blanca. Era como de talco el piso en que corrían para salvarse. Entre todo ese pandemonium, un hombre llevaba con una mano -realmente sin prisas, sin miedo, sin tristeza- levantada una hermosa guitarra anaranjada. 
Caminaba mirando el cielo. Transparente cielo de un esplendoroso mediodía.
Después de la explosión, todo se lo tragó el mar. Lo último que se vió, resplandeciente en la espumosa cresta de la ola, fueron la guitarra y el brazo del hombre, que fueron hundiéndose en el verdeazul cristal de las aguas.