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Mostrando entradas de agosto, 2013

Ecos de noche

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En el poema estaba prefigurada su muerte. Cada verso poseía el relato de su hora última. Entre las sílabas, el ritmo de la respiración iba dejando sentir la desaparición definitiva, el oscurecimiento hecho con pensamientos que llegaban de incontables sueños.
La noche en que había surgido el eco de esas palabras en su pecho, fue noche de abundante lluvia. Tal vez imaginaba que era sólo el ruido de la tormenta el que no lo dejaba dormir. Lo cierto era que estaba la muerte preparando la trampa, y era ésta una composición imposible para ser ignorada por el insomne.
Se levantó y fue a sentarse en el rincón de la sala. Encendió la lámpara. El cielo se iluminó con sucesivos relámpagos. Antes de abrir la libreta, se puso a escuchar las voces que habían surgido desde la mañana de aquel día. Escuchó y vio, o mejor, imaginó con las voces lo que la muerte estaba dictando sentada en su sombra. Cuanto más impresionantes eran las imágenes, más fuerte era la necesidad de atrapar lo que estaba sonando …

Y luego, luego

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Pasaban los días. Algunos en el hacer siempre el mismo trabajo, otros en el querer hacer ciertas cosas, a veces imposibles, y muchos más en el no hacer nada. Un arte, habían dicho algunos sabios: el arte de no hacer.
Contemplarlo todo desde el ensueño. Estar feliz sin hacer nada. Ante tantos objetos para qué.
¿Más basura?
Pasaban las semanas. Llegaba el cheque. Había que pagar el departamento, la colegiatura de los niños. En fin, había que pagar tantas cosas.
Pasaban los meses, los años. Una fiesta, un aniversario más. También había que llevar el duelo por la muerte de algún amigo, algún familiar. Había que seguir viviendo.
Todo tan de repente. Memorias. Recuerdos. Emociones por todo lo que no fue hecho. Alegría por lo que fue amado. Tristeza por lo que se perdió o fue tirado. Enfermar. Acercarse a la muerte.
Y entonces la lluvia, el frío. Otro invierno. La primavera. Una danza. El vuelo de tantos pájaros olvidados.
Y entre tanto sol y noches, el dolor de muchos, la indiferencia y la ambi…

Una sola palabra

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Un sombrero en la cama
sin cabeza.
Un día sin ojos en la noche:
tumbados de sueño
en la arena.
Tú en la oquedad que deja el beso,
yo en el suelo que ampara
sin cuerpo:
la caída de las horas
la existencia.


Un reloj sin arena
y una historia en el limpio vidrio
de la ventana que tú dejaste
llena de preguntas.
En vano morir
lejos de ti
lejos de la misma cama
lejos de tu cuerpo
))) sin estar para qué.


Un día no salir a la calle
sin puertas
No estar en la esquina
en que desaparecimos hacia tantas tardes.
No ir mejor a ninguna parte.

BAJO LAS ESTRELLAS

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(((fragmento de una novela que empezó hace varios años)))
1
Llegamos en autobús rentado a Puerto Vallarta. Durante todo el camino veníamos bebiendo latas de cerveza. Todos los amigos echando el grito y fumando hasta llenar el autobús de humo. Llegamos como a eso de las dos de la tarde de un miércoles. Creo que era mayo, o tal vez junio. Era una tarde caliente, sin viento y sin nubes en el cielo. Después de parar el autobús en la plaza del pueblo, todos nos desparramamos para buscar la diversión.
Yo quería seguir bebiendo hasta el vómito. Llevaba la guitarra metida en el estuche negro, viejo, que me había regalado Paco. Hace tanto tiempo de eso. Caminaba a orillas de la playa e iba viendo los restaurantes, las palapas y la sombra estirada de mi cuerpo flaco, que se arrastraba sobre la brillante arena, bajo algunos gritos y entre bañistas que saltaban para evitar la quemazón y el ardor que les entraba por los pies.
 Al poco tiempo de ir sacudiendo la cabeza para echar lejos el sudor que me…

Micromacro

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Hablar del mundo no es más complicado que hablar de uno mismo. Tampoco considero que el mundo sea más concreto que el yo. Para mis horas de insomnio, no es menos abstracto el mundo que yo mismo. Y en cuanto al tamaño, es tan grande el mundo como el yo que lo abarca con la imaginación. Podría decirse, entonces, que el mundo y el yo mismo aseguran su existencia con base en los poderes de la heurística. Lo mismo se escribe sobre uno mismo que sobre el mundo otro, sin olvidar todo lo irreal, enigmático y fantástico que hay en ambos complejos significativos.
            Al escribir, la entropía de los eventos en que se configura momentáneamente el mundo, conlleva el movimiento por el que el yo palpa y atrapa las palabras. Es casi una batalla la que se hace en el yo para detener el incontrolable flujo de la realidad. Flujo de una realidad imaginada adentro de un mundo abierto a las contingencias. Y todo esto, nada más que como un proceso en que se augura la multiplicada instalación multidim…

Musitaciones

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Una palabra. La misma palabra. El nombre de uno mismo. Cada día. La palabra y el nombre apretando los vacíos en que la vida se hace. Se deshace. Ya no uno. Nadie. Sin nombre. Sin palabra. 
Los vacíos. Las cosas que deshacen a uno, el mismo que parecía estar completo ante la mirada de los otros. Los otros. Los otros imaginados. Los otros inciertos. Tan ajenos como el polvo que encierran los armarios.
))) A veces mejor ciego. 
))) A veces mejor encerrado. 
Escondidos en una nube de miedo.
Imposible: morir y renacer. 
Imposible: caer y levantarse sin dolencias. 
Imposible: ser feliz todos los días. 
Imposible: estar con otros sin falsos gestos ni falsas promesas. 
Imposible: descansar en el trabajo de todos los días.
:::::::::::::::::::::: :::::::::::::::::::::: Todos los días. Así. Todos los días.


antes de la madrugada

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Se me ha olvidado el orden.
No me preocupa. Ya casi nada me procupa. Vendrá el minuto en que nada, absolutamente nada me preocupe.
Por lo menos, las profundas horas de la noche acontecen adentro de mis días. En ellas voy cayendo, sin darme cuenta, en todos los lugares que al poco rato desaparecen, e incluso, se me olvida que hubo lugares en que estuve profundamente adentro de mis horas.
Es por esto que grito cuando viajo pegado al volante del automóvil. Todas las tardes: 
¡Qué )))))))
fácil )))))
es ))))
volverse loco!)))
Me agrada hablar sin mover los labios. Antes o después grito, y, también, antes o después piso el pedal del acelerador hasta tocar el cielo. En ese momento hablo sin mover los labios. Hablo de lo que nunca diré a nadie. De todo lo que hablo, también se me olvida. Todo ello va cayendo en la nada. Flotan mis ojos, las cosas que imagino, las líneas blancas que limitan los carriles. 
Los ojos saben bien, muy bien, de qué hablo cuando aprieto el volante y piso el acelerador y g…