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Mostrando entradas de abril, 2013

Presencias

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Número equivocado                                Pero la voz Apretar las sienes                               Esa voz raspando Hasta el desasosiego Porque otra vez el mensaje                                 La sombra a un lado de la cara El animal cayendo en la orilla de la mesa                                                 Algo ocurrirá
Número equivocado                                      El mensaje radica en eso Presencia indefinida                                      Objetos que caen ((( o vuelan))) A  un lado de la cara                                     La mancha en la camisa El estruendo de vidrios Olor a sangre A polvo Cuerpo abandonado
La voz Otra vez la voz Raspando Raspando
Número equivocado


Como perro en las noches

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para P G B


Me parece que fue a los once años que comenzaste a existir. Fue con una bata tinta que entraste al mundo por primera vez. El Negro Celis los quería a todos uniformados, y tú no fuiste la excepción. De hecho, tu existencia cobró más fuerza, cuando el Negro Celis te bautizó con el nombre de Tarzán. Tú nada sabías de Burroughs ni de nadie más importante que tú. Eras tan importante que todo el día llevabas puesta la bata tinta; hasta para dormir la llevabas. Y tu madre no podía decirte que te la quitaras porque bien sabía que de esa bata dependía tu existencia.
            Ahora tu madre ha muerto, y del Negro Celis sólo supiste que se llamaba Francisco, que era hermano de una familia que tenía varias fábricas de calzado. Tú eras el embarrador de punteras y taloneras cuando te dieron la bata tinta, y luego fuiste el pespuntador de chinelas, y ya cuando ibas a ser el “maistro” de sección, te fuiste a otra parte. Soñabas con ser músico de rock o de blues (Hendrix y BB King eran tus…

Las horas de M

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Todo era posible, aunque nada acabara –o también porque nada acababa- siendo como había sido pensado.
Fue por eso mismo que M renunció a levantarse, como lo había hecho cada mañana desde hacía tantos años.
No tiene sentido hacer lo que a nadie le importa en absoluto –había dicho M-. Al final de cuentas todo lo que uno hace acaba convertido en polvo.
Pero en otro tiempo, M había sido el paradigma familiar de la positividad y el optimismo a prueba de noticias diarias, nefastas. Las crisis económicas, por ejemplo, le daban gusto, porque pensaba que con ellas se podía hacer mucho más que llanto o pataleo a todas horas. Creía que el hombre tenía todo lo necesario para alcanzar a conocer no sólo el futuro sino el infinito. Respecto de la violencia en tantas partes del mundo, consideraba que era un mal socialmente necesario, y por esto mismo inevitable.
La felicidad está todo el tiempo en tus manos –afirmaba M en aquellos días de intensos entusiasmos-. Sólo necesitas ponerte a cultivarla según …

En lo más hondo

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Lo quería todo. Rápido. Y siempre el primero. A todas horas el primero. Vivía con la lengua de fuera. Vivía con los ojos llenos de ansias.
En el otro lado el ritmo era otro. Otros, también, eran los tiempos. Nada llevaba necesariamente A buscar la medalla del otro lado. Con el punto y aparte se podía alcanzar La calma temprano, Muy temprano en la mañana.
Aparecía el viejo: el mismo que lo quería todo. Por todas partes se paseaba con el descapotable rojo. En la noche paseaba en carro negro, grande, Y buscaba entrar en todas partes con la sonrisa. Quienes lo veían se hacían los sordos, y ciegos, Y se hundían como trapos en la noche.
Del otro lado el viaje iba con rumbo a ninguna parte. Había barrancos ásperos, es cierto, Por los que se podía alcanzar el no lugar, Es decir, el acallamiento y la desmemoria. Y esto era bueno, como el hecho mismo De que no hubiera alguien.
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Era real el descontrol que acontecía entonces: La pé…