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Mostrando entradas de octubre, 2012

Ensueños

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En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana. Oliverio Girondo





Abajo en la calle:
El infierno de todos los días
Sin otro rumbo que el rumbo
De rodar hasta el fondo de la noche.


Una mariposa blanca
Torpe de alas transparentes
Rodea el momento de otra guerra.


Otra noche de día que congela
El cielo y los sueños
Y la ciudad que se derrite
En el centro de lo desconocido.


Una mano encerrada
Llena de ansiedad el pensamiento
Y lo revienta como una fruta
En el vidrio de las puertas.


En un quinto piso, alguien se desangra
Con el crepúsculo en la boca.
Alguien grita que le abran el cielo

Callado y quieto

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Tan corto el día como la palabra.
Tan lejos el punto inicial de lo que acabaría pleno.
No quieres ni siquiera imaginar el final de eso que tuvo que ser.
Te acercas y no pones siquiera el ojo para constatar que es allá a donde ibas.









            Como un perro tantas veces apaleado, giras y giras el cuello hacia uno y otro lado de la calle, asegurándote que no vendrán más esos pasos tercos que amenazan con destriparte.

         Cuando ya estás por alcanzar el sitio en que descansarías varios minutos, se te vuelve soga al cuello el aire que suena adentro de tu pecho.
Aprietas los dedos contra las sienes para desbaratar la sensación.
Miras hacia las puntas de los pies. No hay más que basura y mugre, y unos pequeños animalitos que van seguros en el espacio de su mundo.
            Entras al edificio de puertas corredizas. 

          Ya adentro, experimentas de nueva cuenta el aturdimiento que te ciega el ahogo durante algunos instantes. 

           El guardia te mira y tú inclinas la cabeza hacia …

La tía Eloísa

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Esa mañana escribió en su diario: “Pasé un sueño terrible”. No escribió más que esas cuatro palabras. Pero las escribió de una manera diferente a la escritura de los otros días. La primera palabra la formó con letras de molde y en un tamaño desproporcionado. En cambio, el artículo indefinido era apenas distinguible, era casi una mancha insignificante junto al verbo enorme; por último, “sueño terrible” fueron inscritas ambas palabras con la habitual caligrafía de otros días.           ¿Cómo había sido ese sueño terrible? O ¿cómo hay que interpretar: “pasé un sueño terrible” ? ¿Por qué pasar, y no tener, un sueño terrible? ¿Por qué pasé y no me pasó un sueño…? La respuesta se ha ido con ella. Ella desapareció hace poco más de un mes y no sabemos nada. Absolutamente nada sobre su destino.
Ella es la tía Eloísa, una mujer que trabajó como violonchelista durante algunos años y que dejó de tocar y de interpretar con ese instrumento cuando conoció al que sería su esposo. De esto hace poco más…

De este lado de la piel

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Nada hay en mí que sea cierto.
El desborde al otro lado de las manos
Y de los ojos
Aparece en danza con fulgores.



Bocas que se abren junto a otras bocas.
Cielos que caen en los hombros
Y resbalan y se pierden junto a otras bocas.

Pero de este lado de la piel,
de este lado incierto de verdad,
susurran voces que hablan de un muerto
que yace adentro de su caja,
con su luz y con su sombra.






Olvidarlo todo

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Olvidaba la puntuación, a veces.
La palabra era más poderosa que la idea misma.
Pensaba una palabra. La escribía.
Pero al escribirla surgía otra palabra.
El pensamiento no dejaba de atrapar la mano en que escribía.

Después de varias palabras acomodadas, a pesar de tantos estrujamientos y magulladuras, surgía el bosquejo de una imagen. Era el momento de marcar los contornos de la imagen y convertirla en idea o en verso, en hecho posible o en pensamiento obscuro / místico.

Quienes lo conocieron, jamás imaginaron el silencio en que se miraba escribiendo a diario.  Murió sin dejar huella. Se llevó toda la arena de las palabras. Supimos de su existencia sus hijos, pero no de las cajas llenas con cuadernos y hojas sueltas.

Habrá tiempo para olvidarlo todo -escribió. Y todo volverá a ser otro tiempo. Incluso otra memoria de ser.




Robo a libro abierto. De otro modo un poema de O. Paz

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Cierra los ojos y ábrelos:
No hay nadie.
Países vastos como el insomnio.

Cierra los ojos y oye cantar:
El mediodía anida en tu tímpano.








Cierra los ojos y ábrelos:
Lo que no es piedra es luz.
La luz devasta las alturas.

El ojo retrocede cercado de reflejos.
No hay nadie ni siquiera tú mismo.

Otoño sin confines.
El poema todavía sin rostro.
El bosque todavía sin árboles.

La palabra se levanta y ondula.
Es una larga herida:

Desolación

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Adverbios ya no había que se acomodaran al tiempo de cualquier deseo.
No había limpieza ni  claridad en los instantes de atraer un poco, solo un poco,
de secreta historia.
Secreto.
Hasta esta palabra se hizo imposible de ser cierta.
El secreto se había vuelto enemigo del misterio.





Ocurrió entonces que los labios se convirtieron en volcán de insolencias.
Como un sapo muerto de tormenta se hizo el corazón.
Ni jaculatorias ni oraciones hubo para enterrar al sapo.
Sin adverbios y sin deseos:
¿Para qué soplar al sol?


Todo se oscureció

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Antes de una hora la quietud.
La quietud de un día normal.
Después ya no. Ya no la tarde
Ni la hora ni la luz.
Ya no el aliento leve.

El rostro descompuesto.
El corazón frío y las manos.
En efecto las manos

Ateridas un momento.
Nada más un momento.
Después ya no. Ya no la boca
Ni la palabra ni la voz.
Ya no el cielo ni la tierra.
Ya no el aire. Ya no más la luna.

Un momento.
Nada más un momento.
Después ya no. Ya no más
El gusto ni la mirada ni el tacto.
Ya nada. Nada en que esperar.

La tarde y el pensamiento.

Ya no más.

Todo se oscureció.


Ariadna muerta

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Suponía que estaría siempre Como sombra hundida En el agua de los días. Suponía que el cuerpo en que a diario muero Estaría guardado por las horas transparentes De las noches.
No fue así ni será nunca más, parece, El parpadeo ajeno a la presencia De los altos muros y de los laberintos Con Ariadna muerta de miedo en mis venas.
Ahora en el ojo estallará el reloj de los horarios Sacrificiales  Y los bolsillos se llenarán con dedos  Ávidos de limpiar la pesadilla.
Ahora se ha vuelto realidad el presente horrendo Que acumula a diario nuevos sueños  Y los devuelve Putrefactos en los bodegones  De la desesperanza hasta el derrame.
Hasta quedar con la boca llena de tristeza.