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Mostrando entradas de junio, 2012

Grillos negros

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Toda la ciudad olía a grillos muertos. Todo el tiempo millones de grillos, además, estridulaban en las ramas de los árboles, adentro de las grietas de edificios y portales, en los alfeizares, puertas, batientes, azoteas...





Había millones de grillos negros aplastados en las calles, en los corredores de las escuelas, en las escaleras de los estacionamientos. Todo el tiempo apestaba a grillos muertos.
Eran días de mucho calor. Eran horas de vivir como adentro de calderas, con toda la hediondez golpeando la frente, agrietando la garganta, punzando el paladar y la lengua hasta la náusea.



Y entre toda esa bruma de miasmas y delicuescencias, las palomas encontraban un lugar para quitarse el hambre. 



desolación

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soplo helado en una tarde azul
donde el sol se estaba yendo
con la calma propia de los desolados

el arma en el costado tibio
llenaba de punzadas y de escalofriantes sacudidas
en el plexus un buitre, tal vez, o un ave de mal agüero esquinaba el pico

hueso frío, helado, zahiriendo el nervio que lo soportaba apenas
y de la luna llegó el manto blanquecino a cubrir el hoyo en que las garras
habían destripado el paisaje de los débiles sentimientos

vergüenza de ser el sueño de los dioses
tráfico de una risa estimada en llanto
/ o tal vez para ser más cierto
lecho de esperanza muerta



Reposado canto

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Reposado canto
Suave y elegante
Como un temblor de tela
A esa hora en que el silencio suena
Tan cierto
Tan fino
Tan canto y calma plena. 






Siempre irrepetible

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La misma palabra estaba para ocasión y uso de lo de siempre.
Como aire o viento en diversas zonas, ayuntadas por el hacerse voz y cuerda.
La certeza de mirar, la emoción de tocar y el ruido áspero borrándose.

Dijo la palabra una y tantas veces lo que desde siempre fue distinto.
Distinción aparte era el tono, la altura, el ritmo en que se decía.
Hasta el érase una vez sonaba único: irrepetible.


Incompleto

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Desconocer lo que llegará  y temblar
porque el rumbo del día
-una hora después
habrá de desdibujarse.

Desconocer lo que significa estar
en los ojos de la noche y deshacer
-un momento antes
Todo el control de las cosas.



))))))
Un paso de oruga en la rama
y el árbol, pese a todo
mostrarse indiferente
frente al terreno de las otras aves.

Un paso de inválido en la mañana
y todo el mundo afuera del peso
la sombra el sudor del hombre
la risa de los niños y el día
ajeno a las carencias y los rencores.




El miedo
-sobre todo el miedo
por sobre todos los rencores
de no seguir los rumbos
que aseguran el lugar definitivo.




)))))

el lugar definitivo                           la casa                    el nombre pronunciado
la caricia                            el beso
la gracia
                          el sueño                                         tantos otros caminos





Desapariciones

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Había sido el calor, tal vez, o el cansancio acumulado de tantas horas de trabajo y de noctambulismo constante y sonante. O también, junto con todo esto, había sido el efecto de los ocho caballitos de tequila añejo; lo cierto es que, cuando Efraín se autonombró “el cronista de las cosas desaparecidas”, yo andaba cultivando orquídeas y corriendo con los pies desnudos en una playa del caribe, sintiendo lo fresco de una tarde que era otra tarde distinta, muy distinta y distante de la que estábamos viviendo los amigos a esas horas.
De regreso a la reunión, en el apartamento de Esteban, con los pies calzados y barriendo lentamente con los ojos el imperfecto ruedo de caras enrojecidas que se movían hacia atrás, hacia adelante, hacia los lados, me fui a contemplar el cuadro que había exactamente encima de la cabeza de Roberto. Era un óleo en que se representaba un atardecer y un lago, alrededor del cual había unos bultos que daban la impresión de ser montes y una pequeña barca. Era una barca…

En el instante de un cristal

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¿Cantar y contar los aviones 
que se han dormido en el cielo amplio 
de tus ojos?
Llorar un cierto color de formas, 
un tacto de agua y de silencio.
Lo cierto es que estas flores se cansaron del azul
Se arrugaron de vivir tantos besos
En fin, se hicieron pétalos huérfanos. 






¿Establecer la hora en que desapareció 
la risa de tus labios?
Una forma de caer sin sueño 
es ir diciendo las cosas que se mueren.
Me preguntaste que para qué /
¿Para qué hablar de todo eso que se pierde?
No fue necesario repetir el estribillo tantas veces.
No fue necesario recordarte aquello triste 
de las desapariciones
Aquello que te quitaba el gusto 

En la montaña coronada

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Duerme el niño bajo una mano abierta.
El corazón es inútil colocarlo a esa hora:
Está todo tan lleno de nubes en su boca
Que es inútil ponerse a pensar / o a preguntarse
Por qué la imagen se ha desparramado 


Y vuelto sombra.






Ayer, sin ir más lejos, supe que nací ciego a las ocho en punto
De un día treinta de febrero.
Me llenó de escalosfríos saberlo.
Si el tío Arcadio no me lo hubiera dicho, yo habría estado seguro, 


Todo el tiempo, que había nacido con los ojos muy abiertos: 

Mirando el mundo.









Duerme el niño bajo una lluvia de palmeras.
El llanto es otra cosa, distinto de lo que esa lluvia representa:
Está todo tan callado en su piel de caramelo,
Tan quieto y dulce el gesto en que sus labios
En que sus manos reposan bajo la tarde,
Que es mejor levantar el cuerpo e irse hasta la noche.




¿Quién sabe de esto?

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Abrió la puerta y se fue a recorrer la ciudad. Toda la madrugada había estado atrapado por una idea platónica. Cansado de estirarse los dedos para calmar las ansias, fue considerando el itinerario para hacerse viaje en el tiempo, para hacerse cuerpo que se mueve sobre otras sombras de otros huecos.
Salió poco antes de que el sol se exhibiera plenamente en el horizonte.            El primer testigo de su idea-cuerpo fue un perro, que al verlo pasar con el paso inseguro de los borrachos, se le tiró a las piernas, sin ladrido de por medio. Pero por una de esas reacciones que pueden darse en los sonámbulos, el cuerpo de la idea saltó y se trepó sobre el cofre de un carro que había estacionado. Y allí permaneció a salvo de esos colmillos, hasta que el perro se largó, sin haber soltado un sólo ladrido.
Quizás es un perro mudo y hambriento ­–pensó el cuerpo-idea-, y que lo único que deseaba era asegurarse de que yo soy cuerpo mordible, y no éste que ahora piensa, parado sobre el cofre de este …

Una historia inacabada

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Era mucho el sueño, tanto como el deseo de continuar leyendo a Gurdjieff.  Estaba solo en la casa. Todo el ruido estaba afuera.  Estaba contra el peso de los párpados  batallando para conseguir el final de una historia con sabiduría asiática. Me levanté del sofá y fui a poner música sinfónica en el estereofónico. Durante algunos minutos el sueño parecía haberme abandonado; pero no había terminado el primer movimiento del Concierto No. 3 para piano y orquesta de Rachmaninof, cuando el peso de los párpados volvió a ser más y más oneroso. Cerré el libro. Cerré los ojos y me dispuse a escuchar la interpretación que el concertista realizaba en el piano. El sueño desapareció. Abrí los ojos, me levanté del sofá, tomé el libro y fui a colocarme junto a la puerta de cristal que comunica al patio. Allí, recordando un ejercicio zen, logré permanecer parado sobre una pierna por un buen tiempo. De ese modo –así lo creí- podía continuar leyendo la historia sin que el sueño se introdujera de nuevo en…