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Mostrando entradas de marzo, 2012

Ozequiel el Bobo

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-Recordarás a Bruno. El que Lewis Carroll quiso que apareciera junto a Silvia… -Como que creo recordarlo. -Pues te digo que ese mismo Bruno ha estado punzando en las membranas de Ozequiel.  -¿¡Ozequiel el Bobo!? ¿Me estás hablando de Ozequiel el Bobo? -Síbiri. Del mismísimo Ozequiel el Bobo, esposo de María Candelaria, hijo de la difunta María Engracia y del difunto José Genaro Montoya. -¿Y qué hay con eso? O mejor, ¿qué tiene que ver Bruno el de Lewis Carroll con Ozequiel el Bobo? -Largo sería el cuento si te lo inicio bajo el supuesto de que no has leído la obra de Lewis Carroll, Silvia y Bruno. Por eso mejor te lo pregunto: ¿la has leído ya? -No estoy seguro, Moro Muza. Si te contesto que no, ¿como cuánto crees tardarte en contarme el cuento? -Imposible asegurarlo, Robertico. Todo depende de cómo me vayan sonando las imágenes en la cabeza, del ritmo en que la lengua las cante y del trenzado de las hebras en que vaya asegurándolas con nudos y otras figuras que no hay para que acabar de e…

Figuras

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cansancio en el cuerpo el cielo las nubes tintas


sobre la espalda  cayendo el cielo el  poderoso crepúsculo

y el corazón latiendo latiendo latiendo




atrapado en las paredes sin tiempo sin lugar para establecerse


en ninguna parte

después el olor de las manzanas el golpe de las manzanas el horror tras las manzanas


furor en la madrugada empavesado

constelación de la fuga
para que en la mañana cansado
otra vez
sonámbulo

volver de nuevo 

en otra madrugada


Sueños tirados en la sábana

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Como un desqueleto hasta empolvar la rosa negra Y quedar mirando el escurrir de la mercurial gota.

Como un fresco charco de colores amplio Por los abismos de la espera consumida en dudas.
Como un cuerpo deshecho en alambres de luz

Como una lluvia de miradas en cabellos largos Hasta cubrir toda la mañana de florecitas blancas En tu sereno pecho de verdura frágil, toda ella como de tu sombra.
Como un dejar de ser para siempre la voz helada que estrangula Y no regresar jamás, jamás en ese ser que todo lo envenena que todo lo consume y que todo lo abandona.
Como un tenue beso en tu piel de azulenca noche Hasta perecer en el terciopelo de tus cejas

Como un aliento suave de pétalos en tu boca Y morir con los sueños tirados en la sábana.
Ya después no habrá después ni antes ni ahora

Ya con todo el desqueleto negro de polvo y negra rosa Sería por demás pensar en lo que ya jamás fue: Frágil verdura en sereno pecho Toda tú como de tu sombra.





Escalosfríos

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Ser o más un golpe de noche  la voz la risa de tus días





1
No tocar el piano de todos los días al sol. No ir al cielo oscuro de todas las noches corazón.




2 En la superficie de los ventanales:

Un temblor de labios Un estremecimiento de voces Un ojo de párpado azul.





3 No saber que ignoras

cómo un día es historia que se olvida y que se revuelve en las olas de lo irreal No ignorar que sabes cómo es
ese silencio en la garganta  o cómo es ese río de aguas fuertes en las pestañas.





cientos de /
imagen de /
al cuerpo
al corazón de las vértebras
el puñetazo
imparable en las pupilas

intransferible /
irrepetible / escalosfrío de ...

Siluetas en el agua

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A Lezguievo Znahda ya lo han conocido algunos amigos, y no han dudado en llamarlo outsider o excéntrico patoloco. Pero no han conocido a Lenzo Branzi, y es seguro que si lo escucharan hablar y moverse delante de sus pestañas, no dudarían en meterlo en alguno de sus bien ordenados archivos personales. A Lez –como lo llamamos sus amigos- se lo puede encontrar en el Café Medicis, junto al corazón de Austin, todos los viernes a partir de las siete de la tarde. Allí se pone a ordenar el fraseo con que va describiendo los distintos modos de interactuar de los grupos de personas que llegan al café. Para quienes nada saben de Lezguievo, les aviso que es Doctor en psicología experimental. Es profesor universitario, y en las noches de los sábados y domingos se dedica a escribir poesía acústica y a inventarse pequeñas historias provenientes de distintos sueños suyos o de los apuntes que se le escurren de las manos de científico social y que nada tienen que ver con estadísticas ni con isotopías d…

En las grutas del ombligo

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El espejo no mentía. Allí estaba expuesta la deformidad de Bruno. Aunque cada mañana buscaba ver a alguien diferente en el espejo; otros ojos, otra boca, otras orejas… la realidad acababa imponiéndose. Debía aceptar su miopía, salvada apenas por los gruesos vidrios. Pero lo grave no era esto; después de todo, usaba gafas desde que tenía uso de razón. Lo preocupante era que, desde hacía meses, la oreja derecha le había crecido en la zona lobular. Allí se le había ido conformando un bulto redondo de carne anaranjada. Curiosa y extrañamente, a la par que se perfeccionaba la redondez en el lóbulo derecho, la oreja izquierda fue arrugándose en esa misma zona, o mejor, fue achicándose. Era como un arte de toma y daca: la oreja izquierda cedía su lisura y su plasticidad a la oreja derecha; ésta le dejaba el derecho -comparativamente- a mantenerse menos siniestra.      Es posible que acabe hecho un garabato, pensaba Bruno, al tiempo de afeitar su cara. Y continuó diciendo: Es posible que mi de…

Time of dimensions

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En la noche las lenguas desaparecieron. Llegó el sueño y todo fue hablar con el suave humor de los cuerpos.
-¿Te angustia no comprender la repetición de los espejos?
Como otro día sin lluvia, se fue alejando el púrpura de tus labios.
-Me angustia no comprender lo que sucedió en mi mente el siglo pasado.
En la mañana el sol se hundió. El tiempo comenzó a parecer otro, distinto al de horas transparentes y años instantáneos.
-Piensa, entonces, en lo que sucederá en mil años.
-Descansen en paz, amigos míos.




Desgajamientos

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¿Era un título de más o de menos?Se dijo Lenzo al salir del edificio de treinta y cuatro pisos.
Por cierto, al salir fue como verse en un afuera encerrado por las torres de otros ventanales. 
En el autobús la cuestión cambió de rumbo. Se vio con otros papeles entregándose en otras manos. Se experimentó lejos de las filas y filas de cuadritos, lejos de las cajas metálicas y manejando otros archiveros, escuchando otras voces. Casi presintió la entrada junto a otras realidades que se le iban a morir pronto; en caso de mantenerse aferrado en el ir y venir por los corredores de aquel laberinto de oficinas, subiendo y bajando en los mismos ascensores de todos los días.
Minutos después, se le encimó otra duda mientras miraba estilar el agua en el falso vidrio de la ventanilla. Fue una sobreposición de dimensiones la que lo llevó a entender hasta qué punto la lluvia de afuera podía ser la lluvia que lo empapaba por dentro.
Hasta los huesos.
Enseguida escuchó otra cuestión que lo perdería en esa …