El cuento de Lulio




-Por acá somos unos puercos- pensaba Mario mientras yacía acostado en la cama.
-O tal vez soy yo el puerco… Con esta cruda de tequila y cervezas negras, mi cuerpo es una porquería entera. Así, con este humor de miedo, no dan ganas de hacer nada. Sólo estar. Existir, nada más que existir –como habría dicho Artaud.
Tras de decir todo esto, cerró los ojos y se dispuso a hurgar en los restos de un sueño que desde hacía días traía estilando en las redecillas del cerebro.

En los restos encontró a la mujer. Estaba sentada en medio de un salón. Junto a ella se localizaba una pantalla de ordenador, en la que se movían varios símbolos que Mario no alcanzaba a entender. Lo que sí pudo descifrar fue una palabra en letras grandes, enormes, de color magenta, que se deslizaba horizontalmente en el fondo azulenco de la pantalla. La palabra decía: ACEPTACIÓN. Luego –que no es luego sino en algún momento del sueño- Mario escuchó una voz musitándole al oído: El coronel se lleva a las mujeres seleccionadas a su lugar de fiestas. Allí mantiene a las mujeres más bellas y las ofrece a sus hombres.
Dichas palabras, íntegras, fueron repetidas varias veces.
El mismo ritmo. La misma voz. El mismo texto.
Momentos después, volvió a descubrir a la misma mujer. Ahora estaba desnuda. Ella también lo miró a él. Le sonrió. “Está triste”, pensó Mario. Vio entonces cómo se mordía los labios. “Eres de una belleza superlativa ”, dijo entre dientes. Bajó entonces la mirada y apreció esos pechos perfectos, redondos, turgentes... “¿Realmente existes?” terminó diciendo Mario.
Se levantó de la cama y se dirigió al cuarto de baño.
Orinó con dificultad. Luego giró la llave de la ducha y metió la cabeza debajo de los chorros fríos. Lo helado del agua lo introdujo en un estado de absoluto desconocimiento. Era como si el cuerpo y el pensamiento fueran dos islotes en medio de una bruma espesa, y entre uno y otro, alguien, que podía ser él, intentaba inútilmente ingresar en el mundo de lo conocido.
Después de un rato, sacudió la cabeza como un perro y, al poco tiempo, el mareo lo debilitó. Extendió la mano sobre la pared y se apoyó en ella para no caer. Luego esperó hasta que se le pasara el malestar. Mientras tanto, el mundo de lo conocido se había vuelto un lago de lava adentro de su pecho, en tanto que en la piel fueron haciéndose remolinos de aire helado que lo atragantaban.   

-¿¡Cómo amaneciste!? –gritó Lulio a Mario, desde el angosto corredor de ese departamento cercano a la facultad de letras, donde han vivido ambos desde hace varios años. Están a un paso de acabar la licenciatura en Letras Hispánicas.
            -¡Cómo quieres que esté! Bebí hasta el derrumbamiento. Litros de tequila y cerveza y cigarros hasta más no poder –contestó mientras destapaba el botellón de cerveza clara que había sacado del frigorífico. Al instante empinó hasta vaciar un cuarto -¡Oh dios, me hacía falta esto! –dijo, y volvió a empinar.
            Lulio fue a sentarse en el largo sillón, donde estaban varias revistas abiertas, un diario nacional roto y un morral huichol con algunos libros dentro.
            Mario hizo lo mismo; fue a sentarse en la otra orilla del sofá.
            -¡Ah, sólo así la resaca es menos asquerosa! –apuntó Mario, luego de haber mojado el gaznate. Aunque en el pecho, la lava continuaba avanzando hasta quemar la espalda.
            Lulio sonrió, y habló al tiempo que rascaba la nariz:
            -Un café. Necesito urgentemente un café – Se levantó y fue a la cocina.
A esas horas de la mañana, en la calle había comenzado a producirse un mar de carros, y fue éste el que fue llevando a Mario hasta dejarlo en el salón donde aún continuaba la mujer desnuda, de pie, a orillas de una suave sombra que había escurrida sobre un piso de almohadones tirados.
Al darse el primer hervor, Lulio depositó dos cucharadas de café molido fino y giró la perilla para apagar el fuego. Enseguida, mientras el café asentaba, Lulio se puso a buscar, silbando una canción insufrible, el paquete de cigarros que había dejado en la alacena.
A Mario la canción que estaba silbando Lulio, lo devolvió al horror en que había despertado y del que creía haber huido después de consumir un litro de cerveza. De inmediato sintió la cara empapada de sudor y las manos frías y débiles, y con un asco que lo obligó a correr hasta el cuarto de baño.
Si la voz no fuera materia –se dijo Mario, postrado frente al lavabo-, le gritaría que dejara de silbar esa porquería. Pero es materia que pesa y que me derrumba sólo de pensar en el esfuerzo que tendría que hacer para acallarlo.

-¡Ya ni la chingas! –dijo Lulio, en el momento en que Mario destapaba otro botellón de cerveza y se disponía a sentarse en el sillón individual -Te guacareaste en las piernas de Sofía.
Mario echó un largo trago, y se mantuvo callado unos instantes, buscando en el ruido blanco que llegaba del mar de afuera los agujeros negros por los que se podía ir hacia otro mundo. Con qué gusto iría a ponerse de pie para contemplar, de cerca, realmente de cerca, la belleza de esa mujer que había conocido en el sueño.
-Me cae que no te acuerdas, Mario. ¿Cierto? –insistió Lulio tras de soltar el sabroso humo del primer cigarro de la mañana-. Armaste todo un circo. Vomitaste. Gritaste hasta hartar a todos los queridos de la Sofi. En fin, hasta que doblaste el pico ante la mirada de todos tus fantasmas.
Mario se mantuvo callado, sintiendo cómo estaba a punto de salir el liberador regüeldo. Tras de escapar éste, reaccionó:
            -Preferiría no hablar de todo eso.
            Lulio sorbió el café y devolvió la taza en la mesa, después dijo:    
-Bueno, pues de mi parte, déjame que te cuente, moreno, lo que me pasó con Susana:
“Como sabes, a esta morra le encanta el desmadre. Mientras tú estabas tirado en el suelo, supongo, a los pies del demonio, muy lejos del festín en que se hallaban disfrutando los invitados de Sofía, tal vez dejándote morir en el charco de tu propio vómito, yo estaba en el coche con la Susy, en plena madrugada y con todo el ímpetu para reventar la cuerda. Estábamos oyendo unos tracks de Cesaria Evora, preparando un churro con la madre de todas las marías. Olvidados completamente de lo que estaba ocurriendo adentro de la casa de la Sofi. Al poco, prendió Susana el toque y yo esperé, ebrio de alegría, a que se le llenara el cuerpo de angelitos locos. Después de acabarlo de fumar todo el churro, encendió el carro y quiso que nos fuéramos hasta más allá del periférico. Allá en el bosque de la eterna primavera, con el cielo oscuro y con sendos frascos de cerveza para chorrearnos la garganta, iniciamos realmente la cristalización de lo probable. Comenzó ella a deslizar sus dedos por mi cuello. ¡Oh god, todo se me estremeció por dentro! Enseguida yo, ni tardo ni perezoso, le eché frescura a los labios y me fui a ponerlos en la tersura de su hombro. Al instante todo su estremecimiento entró por mi lengua, que se untaba cervecera, suave como una seda deslizándose por toda su piel. Después de varios prendimientos y desprendimientos, con música de El Personal cantando a la brumosa existencia de los compas de acá, el presentido futuro se avino con toda la madrugada negra de las dos y las tres. Y entonces la Susy abrió la portezuela del coche y me pidió que pasáramos al asiento posterior. ¡Oh god, fue la gloria lo que se hizo entonces! Allí fue entrar y salir, entrar y salir hasta que ella no aguantó más, lloró, gritó, lloró. Y yo me asusté, andaba tan mariguano que creí que la estaba matando. Pero no. Al ver ella que estaba como congelado, me dijo: “¡Qué pasa, por qué te detienes?” Y yo sin poder hablar. Estaba tan asustado. Pero ella: “¡Ea que no quiero estar a medias de esto! ¡Sigue Lulio… ¡Sigue… no te detengas!” Entonces yo, en verdad que ya no pude más. Se me había metido algo horrible en el cuerpo. Había algo adentro de mí que me obligó a salir del carro...”
Mario acabó de beber la caguama y dijo:
            -Ahora sólo habrá que esperar el famosísimo Domingo Siete.
            -Que la boca se te haga chicharrón, mi buen –reaccionó Lulio, recogiendo enseguida la taza con el café tibio. Bebió. Sacó otro cigarrillo y se puso a fumarlo con la mirada vuelta hacia esa noche que había estado con Susana.
            -Pásame un tabaco, entonces –pidió Mario.
            Encendió el cigarro, aspiró el humo pero no le cayó bien. De inmediato se levantó avisando:
            -Ahora vuelvo.
            Lulio recogió una de las revistas que había en el mueble, la hojeó y nada de ella le interesó. Prefirió entonces sacar un libro delgado del morral, y se puso a leer la poesía urbana de un poeta del Distrito Federal, sin imaginar que en ese preciso momento el compañero Mario estaba tendido en el piso, junto al wáter, doblado por un fuerte dolor que no lo dejaba ni gritar, gimiendo con las manos apretadas contra el pecho, empapado de sudor, a un instante de abandonar el barrio de este mundo nuestro.




Comentarios

  1. Tiene un aire de misterio el relato. Como si lo que no se cuenta fuera mucho más que lo que se dice. Me gusta.
    Abrazos.

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  2. Gracias amigo por pasar por mi caso es un honor y les recomiendo a todos los lectores que es mejor reír que llorar, hay gente que le gusta llorar con un buen dramon, a mi no a mi me gusta reírme hasta de mi mismo.
    Un abrazo

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  3. Me gusta lo que dices, Blanca. Muchas gracias por tu atenta lectura.

    Un abrazo


    Vicente Rubio, creo que el ser de la alegría como el de la tristeza se nos va haciendo -dentro del cuerpo, dentro del alma- sin diques ni fronteras definitivas. Me parece que somos seres empujados por las fuerzas de la vida, en las que está siempre todo un cromatismos dispuesto con emoción y sentimiento, razón y sinrazón...

    Un abrazo

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