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Mostrando entradas de enero, 2012

Ausencias

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Anda en boca de muchos Rota y con los ojos sobre una ola. Lo triste es cómo la calle se llena De manos apretando hasta la asfixia. Pero ella, morusa vida con su ademán de furia, Se hunde en los bordes cerrando el labio, Para esconder el silencio de sombra Que la protege, O también para borrar el mundo Que la condena.
Del día a la noche se llena de olvidos, De oscuras sensaciones que la cubren, De ojos que nunca la vieran desnuda, Soterrada en los sitios que ella elige, Pues sabe que a cierta hora, Antes o después de tanta desesperanza, Todo habrá de morir en la ausencia de besos, De caricias jamás logradas En la brevedad del instante inolvidable Como el último sueño de tarde.

Pasajes e interiores

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Como un títere asomó Brefantas la cara por el filo de la verja. Ni Lugo ni Marcia presintieron al visitante. Sentados allá, hablando para ellos mismos en el salón, no fueron lastimados por el chillido de las bisagras. Eran las 5:30 de la tarde. Segundos después, como un títere al filo de la jamba, asomó Brefantas la parabólica nariz. Parpadeó bajo la sombra de los cabellos lacios, corvinos, macerados en tristeza. --Pasa, Amorli Brefantas, pasa... Ésta es tu casa...-invitó Mauricio Lugo mientras los dedos de la mano derecha retorcían las puntas del bigote cobrizo.             Marcia se retiró, llevando las copas empañadas y la botella de anís, sin saludar a Brefantas, quien, con una sonrisa de galápago, musitó: Como sin conocernos nunca. La muy…             Mauricio sopló la ceniza y lo invitó a sentar. Después preguntó, encimando el encendedor dorado sobre el paquete de cigarros:             --¿Qué sueño te trajo por acá, Brefantas?             Marcia estaba adentro de la cocina…

Sepulcro de memorias

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He preferido este lado Oyendo las risas locas Del espanto en que la tristeza Se ha vuelto espuma negra.
He preferido quedarme Con las manos en la suma De los insectos que se asoman Al sucio vidrio de esta casa.
No hay para que espantarse tanto De las cabezas rotas aplastadas Contra el sol de muchas mañanas En que me integro a las horas Del fracaso lento que me aguarda.
He preferido este lado Cantando al roce de una sombra Sintiendo cómo el día Se me desbarata en la garganta.
Es puesto aquí, de este lado, El ritmo de las cosas que me alivia Como la lluvia al lago de una boca En su amplio sepulcro de memorias.




Suicidio colectivo

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Cincuenta personas -o más-, en menos de un día, se dirigieron a la cima de una de las montañas de la Sierra Tarahumara - bajo un cielo helado de diciembre de 2011 (10 grados  bajo cero). En el lado de acá, eran parte de esa cadena breve hecha con días de amor y paz navideña. Allá ellos, en la cresta de la montaña, todos hombres y mujeres raramuris, tristes, demasiado tristes, impotentes por no poder darles a sus hijos ni siquiera una morusa de pan, decidieron tirarse al abismo de esa barranca de Chihuahua. ¿Qué decir después de haber conocido sobre este suicidio colectivo? ¿Qué hacer contra toda esa hambre que chilla en el cuerpo de muchos pueblos, la mayoría indígenas de México, desde hace tantos años?
Preguntas suceden. Muchas preguntas. Imágenes que golpean adentro del cerebro. Ruidos que descosen el sueño. Descalabro. Temblor de nada. Aborrecidas horas que chorrean vigilia. Gritos. Sangre derramada en las piedras. Ahora son cuerpos ya sin tristeza, sin hambre, sin vida. Absurdo que e…

Mientras tanto

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en la calle  de la noche dejaste la orilla que fue tu paso                                                      hacia delante fue tu paso de una ruta                                       hacia otra parte                                                              del otro lado                                                               bajo otro cielo                                                               en el horizonte de quienes se afanaban por conseguir la dicha del oro y la plata el código y la muchacha encantadora                                                            tu dejaste caer la ilusión                                                                 en los sumideros de los días por cuyas rejillas se podía constatar el hambre y la rabia de multitud de ratas viejas y gordas                                                    mientras tanto                                                     había que pelar una manzana                                                     h…

Hay golpes en la vida…

Iba bajando las escaleras cuando tropezó y cayó hasta más allá del último escalón. Pegó la cabeza contra el muro. Estaba solo. Así permaneció, tirado en el suelo durante incontables minutos. En todo este tiempo fue experimentando las intensidades y figuras distintas por las que se expresaba el dolor. En la rodilla era una punzada helada, instantánea, sin matices. En la boca y nariz, el dolor se expresaba gradualmente en círculos espirálicos, cuya mayor intensidad se hacía en la última curva, a la altura de las cejas; y luego estaría la culminación ardiente y fría en el subterráneo por el que se comunica el paladar con el ramal de nervios que hacen sentir la materia del cerebro. Allí en ese hueco de sombra, el dolor se pronunciaría con la fuerza de un huracán que iba a hacerlo estremecer hasta el colmo de sufrir varias sacudidas que acabarían muriendo en el vacío donde flotaba la oscuridad, adentro del occipucio. Al mismo tiempo que había este doloroso coro pronunciándose en otras part…

Lloviendo entre las horas

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Toda la alegría estaba entre sus piernas. Allí encontraba el pozo de la hondura sagrada. Allí el caracol era un lento andar de rodillas; lloviendo flores y aromas a todas horas. Allí la tarde era un cielo callado de aliento y espumas, de hubo calle y boca en el beso de la espera. Allí el ojo pondría su corazón de pálpito arrebolado, su docena de impulsos para socorrer la mano en su torpeza. Allí, otra vez allí, estaba toda la alegría entre sus piernas.
Por toda esa alegría andábamos somnolientos, distraídos del peligro diario de morir a orillas de las calles y de las enormes bocas de la bestia, creyendo que la noche jamás terminaría;
y todo por el gozo mismo de llover entre las horas de la hondura.


Desequilibrios

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una gota de agua sólo una gota de agua irrepetible en su efímera caída
ni el aire tan necesario pudo borrar la fuerza del relámpago en el corazón del milagro de una sola gota de agua
ni el más leve rumor de un cristal por el sol astillado a las 12:30 pudo ser más poderoso que una gota de agua cayendo
una gota de agua sólo una gota de agua estalló en el descanso pleno de día
todo lo demás fue ola de noche océano empapando los ojos de tantas caras sin mañana


Lluvia negra

Ese día despertaste con un agujero en el pecho. Tenías catorce años. Esa mañana, como cada mañana en que te preparabas para ir a la escuela, te levantaste de la cama y fuiste a la cocina para servirte el vaso de agua que acostumbrabas beber, antes de meterte en la ducha, para quitarte los algodones que se te hacían en la garganta. Pero esa vez no pudiste beber el agua. Había algo en ella que te hacía verla repugnante. Tampoco quisiste lavar el cuerpo. Saliste de casa con las manos sucias, con la boca sucia, con la garganta llena de algodones y con la sensación de que tenías un enorme agujero en el pecho que no te dejaba guardar el aire que necesitabas para vivir.             En lugar de atender las clases esa mañana, te dedicaste a dibujar varias nubes negras en una de tus libretas, debajo de las cuales punteaste la página con muchas astillas que te hacían pensar en lluvia. LLUVIA NEGRA Escribiste en el filo inferior de la página.             Al final de la mañana, terminaste llenando tod…