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Mostrando entradas de octubre, 2011

Pulso apenas

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Casi estaba resuelto el enigma, casi podía experimentar el escozor de los animalejos enloquecidos corriendo a saltos por rumbos capilares, y el grito de tocarlo todo, todo, en ese instante supremo que deviene, poco antes del minuto veinte, cuando se derrumba la vigilia y aparece el sueño.
Fue una hora de brisa cobijando espera sin saberlo, apenas presentimiento, pulso apenas, como adentro de un párpado herido, despegado al filo de la sombra, temblando a fuerza por resolver enigmas en el sueño que se fingía eterno. 


Interiores

“Todo acaba yéndose, al fin de cuentas, por los caños que van al mar”, dijo Servando, en medio de los vapores producidos por la ducha. Lo había dicho como un gesto purificador o liberador de esos estados de consciencia en que lo ponían de cuerpo entero en las fauces de la bestia moral. Y así como había dicho tal cosa para desbaratar la mordida que se haría y que lo dejaría canijo, así también se ponía a cantar –sin tono ni ritmo sostenido- viejas canciones, generalmente boleros o baladas cursis.     “Mabeca, Mabeca… ¿qué habrá sido de tu vida?”      Mientras secaba el cuerpo, las emociones se hicieron presentes, permanecieron una brevedad entre el pecho y la garganta, y, antes de desaparecer en los pliegues del negro laberinto en que se perdía todo lo que la vida entregaba, recordó aquellos momentos en que había estado con Mabeca, después de vivir aburridas clases en la facultad. “Nada más emocionante que el cuerpo de Mabeca, y no las tediosas teorías de semiótica que nos tiraba al…

A un costado de la oreja

(((aquí había una imagen, ahora solo queda otra imagen: perfecta en su ausencia)))


Una línea cierta, veloz, alucinante Atravesó a un costado de la oreja. Ya en otra tarde el zumbar se había presentado Y todo el tiempo fue pensar con formas sueltas Hasta alcanzar el mensaje de la historia breve. Lo cierto era no hablar sobre eso Que se desbarataba en el fondo de los ojos. No decir que había llegado el otro Con las uñas rotas y la seca voz De tantos desiertos en la piel Hasta los huesos. No había que agitar la cabeza Para estar seguros de eso Que había sucedido a un palmo de la oreja.

El miedo de Gilberto

Tenía cuarenta años, cuando Gilberto decidió no dejar pasar el día. Desde temprano en la mañana, me despertó diciendo: “He soñado algo inolvidable, Lucía. Soñé que estábamos en el parque donde nos conocimos. ¿Recuerdas? Pero estaba el parque mucho más lleno de arbustos, con más jardines y flores y eucaliptos. Tú estabas disfrutando de un helado y yo miraba el estanque donde había gran cantidad de cisnes que hacían figuras, como si estuvieran realizando una danza suave en el agua verde y acorde con el ritmo que hacían las otras formas que se movían alrededor. Mientras tú gozabas con el paladar, yo gozaba con la mirada y el oído. Escuchaba la música de los colores en medio de ese silencio transparente”. Luego de acabar de contar el sueño, Gilberto me abrazó y me dijo al oído: “Estoy seguro que este día permanecerá dentro de mí, indefinidamente. Presiento que será un sábado inolvidable como el sueño mismo que acabo de contarte. Te amo, Lucía”. Me apretó tan fuerte, que noté que algo dentr…

Abierto en la manzana

…sensación de extravío… de alfileres punzando alrededor de la boca… al otro lado de los dientes sangraban los ojos sobre nubes pardas… el instante cierto en que lo patearon como una lata en el pavimento… fue como descomponer el mundo de sus sueños… quizás… lo abandonaron hacia ese incierto rumbo… quedó con la cara mirando el fondo negro de las llantas… fue ver allí en la sombra la navaja al cuello… fue estar allí tres o más segundos con las sienes reventando y el burbujeo atrás del pestañeo… hubo allí el aliento amargo de la calle exhibiendo su basura a un paso de sus manos… fue como quitarle una hebra a la infinita madeja de terror… tal vez... una letra al texto inconcluso… un salto de palabra en la fábula interminable… un grito abierto en la manzana… una cifra en los periódicos… una estadística más…      Limpio el cielo en la mañana. Limpia la cortina en que asoma el marco negro de una puerta. Limpia la calle donde hubo un asesinato en la madrugada. Limpio el coche donde golpearon pi…

Suelto de la cabeza

Dijo que estaba suelto de la cabeza. Precisamente desde aquella mañana en que la puerta del carro le había aplastado el dedo gordo de la mano izquierda, desde entonces, su vida ha girado en la noche de sus días, es decir que se ha dedicado nada más que a ver y sentir cómo la uña crece y crece “haciendo una comezón que no se me va ni rascándome con navajas”.      Días después, cuando todavía estaba con el dedo hecho un hongo negro, lo despidieron de su trabajo (Biblioteca Pública del Estado). El pretexto fue que con una mano así no se podía ser eficiente (bibliotecario). Pero lo cierto fue que se aprovecharon de la situación para deshacerse de él. Nada extraño. En estos tiempos en que nada se hace ni permanece conforme a los más elementales derechos. Nada raro, cuando todo se ha vuelto materia de mercado, cuando todo el valor de vivir se ha dejado a los caprichos de la especulación financiera, cuando todo lo que huele a humano ha sido dejado a la intemperie, al abandono, cuando todo lo …

Demasiado tarde

En el grito el viento helado De un vacío colmando el pecho, Fuera de tarde o de mañana El puño de sus labios pegaba fuerte Hasta ponerlo de rodillas con las manos Frías, entumecidas en la cara.
No había cómo evitar el golpe De ladrillos en que se derrumbaba el miedo, Ni cómo hacer creer, a sí mismo, Que los días traerían caricias, besos de muchas tardes, Horas de muchas playas y descubrimientos.
No había cómo borrar todo el odio Que impulsaba el golpe hasta la nuca, Ni cómo acallar el brutal grito Que acompañó tantos dolores, Tantas palabras tiradas con desprecio.
Ya es tarde, demasiado tarde, Para sacar todo el terror Que la piel asimiló hasta en los sueños, Esos sueños en que no dejó de haber perros negros Disputando las vísceras Entre espesos charcos de excremento.

Momento irrepetible

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Puesta la línea, a voluntad de un momento irrepetible, Sólo para remitir el forcejeo de lo que escapa, Quiso el día oscurecer su cielo Y llenar de estrellas los ojos Que se cerraban de sueño sobre una mesa negra. No había nadie, a esa hora en que saltó la tabla el gato blanco Y se acurrucó bajo el brazal de la magnolia. No había nadie para oír cantar las voces, de color sepia, A la luz del farol morado en que se había detenido   Una sombra azul sobre la pared de piedra. 







ADN culturales

En alguna parte leí, o escuché, no sé, que Juan José Arreola estaba convencido de que las “mejores cosas que pensaba”, antes que él, otros ya las habían imaginado. Me parece que esto sucede porque en la vida, inevitablemente, así como hay un ADN en que se guarda la filiación genética de los cuerpos, hay también un continuo de series de ADN metafísicas en que se guardan filiaciones culturales; sean éstas filosóficas, literarias, musicales, científicas, etcétera. Digamos que en Juan José Arreola asoma la tesis, una vez más, de que nada surge de la nada, o mejor, que todo nace y se hace en correspondencia con un todo múltiple (pienso en una especie de “océano adenico” –por lo de ADN) complejo e impreciso, tal cual viene a suceder en los mundos de la mente caósmica; comúnmente nombrada “vida del hombre”.
Podríamos continuar diciendo que en tal océano es donde “la idea del hombre en el hombre” (Bajtin) –que a Dostoyevski tanto le ocupó para hacerla encarnar en los personajes centrales de su…

Callaron las voces

Y de pronto callaron las voces. Entró halo blanco -de hielo negro- por la sangre. Sangraron las cosas del decir a tientas. El coraje de ver tanta boca seca, tanta miseria, tanta lucha atrapada en la sombra. -¿Hace cuánto? -¿Qué sigue? Preguntas que apuntan hacia materia indefinida. Tiempo lleno de espera. Mejor decir: indiferencia, tal vez, o cabeza de nube en los abismos de la nada. Podría citar los encabezados de los descabezamientos en diarios y revistas. Podría traer un millón de páginas del horror. -¿Para qué? -¿Para quién? No hay nadie del otro lado de las pesadas puertasescuchando lo que en esta calle se grita. Y esto… este caosmos que nos destrampa y nos pone a hablar de algo más amargo que la pena.
Y de pronto callaron las voces. Cerraron libros y bocas a base de pantallas y risas y comerciales en breves historias con los herederos perfectos de la superficie plena. Hablan de cosas, hablan de cosas, hablan de cosas. -¿Para quién? -¿Dónde?
¡Qué asco de historias! ¡Qué horror de higiene y tran…

Las cosas que en el día te hablan

Por cosas que se presentan en su quietud y en su aparente familiaridad, los días hablan en cuerpo de ellas. Tú también hablas con ellas. Hablas de la banca y el cielo y hablas con la banca y el cielo. Quienes te miran hacen el gesto para indicar algo sobre tu locura, algo que ellos dicen. Hablan de tu locura y tú hablas de la silla que te dice: Estoy aquí. tócame. La silla acepta el paseo de la mosca y tú aceptas el gesto de quienes te conocen. Te ríes del perro que juega con la pelota en el parque. El cielo está limpio, piensas. El cielo está limpio y tú oyes lo que dicen las personas que caminan por la acera. Hablar de lo que dicen esas personas –piensas- importa menos que escuchar lo que dicen las cortinas que se mecen con el viento. No hay lluvia. Hay viento suave que habla de tu cara y de tus manos. Caminas y oyes las ramas de los árboles. Hueles sus colores. Palpas sus formas con los ojos. Llegas hasta la casa y miras el picaporte. Escuchas sus brillo de latón. Hueles su madera. …