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Mostrando entradas de septiembre, 2011

Enhebros

He vuelto a padecer la prisa de los únicos, El roce de las sombras lleno de asco, La tristeza de caminar con el pulso quebrado Y una voz, y otra voz, sin canto ambas Ni acompañamiento.
He vuelto a pensar a orillas de lo verdadero, En el punto y aparte de una sentencia injusta, En el corazón mismo de tantas muertes E incontables miserias, Y no veo, no palpo, no escucho el secreto Que a diario cruelmente nos amenaza.
Hoy es 2045 después de una masacre, Hoy hace más de cien años que nació la oveja negra Que sería el padre de mi padre. Hoy todo está guardado en una sola memoria No hay riesgo de que el ser vuelva a aparecer Entre las columnas vertebrales del mundo.
Hoy he vuelto a sentir la presencia de mi abuelo, El olor de los barcos en que se fue a recorrer su vida, La risa de mi abuela y su tos de diez mil cigarros Mojados por las horas de la espera callada, Fumando hasta el olvido en madrugadas enteras.
Hoy ha venido la hermana de mi madre A preguntar por el día que murió el abuelo, Ha sido un día de asesi…

Nadie en la noche

Un lado de abanico en una mano Temblando vaporosa en su tarde. Un ojo enrojecido sobre un pañuelo Amarillo estilando sombra Junto a un charco de sangre y de vino.
Murió de tarde el muchacho Murió lejos de estar contento Cayó como una camisa en la calle Fresca de sudor y de miedo.
No hubo nadie en la noche No hubo nadie que preguntara: De dónde llegó el muchacho A dónde se dirigía a esas horas Para terminar así, sobre un charco De sangre y de vino. No hubo nadie en la noche Nadie que preguntara nada.

Sin ofrendas

No había espacio para el no Ni tiempo para soltarlo de repente. Demasiado mundo estaba oyendo El rumor de los cuerpos en la superficie Demasiado cielo se iba oscureciendo Para detener la tormenta que sin falta alcanzaría a cubrirlo todo.

Montado en una bicicleta

Freud te habría mandado a pasear en bicicleta. Es decir, te habría puesto en la zona de sus desprecios. Y tú, que tienes el sentimiento templado como las mejores armas de los guerreros, en caso de que así hubiera ocurrido la sentencia en contra tuya, habrías montado la bicicleta y te habrías puesto a pedalear muy quitado de la pena. Muestra de ello, sería que en el viaje te irías silbando la tonada de una cancionilla aborrecida por el Maestro. Está por demás explicar nada en el modo de contemplar y corregir las rutas que los personajes hacen. La invención es cosa privada, aunque hay quienes se obstinan en hacerla pasar por cosa pública. Es esto lo que a ti te llevó a pensar en rutas espirálicas –en ascenso y en descenso, sobre todo para evitar las asociaciones escatológicas que sólo conducen a patios colmados con cachivaches que ni al dueño de la casa le importan. Digamos, pues, que reconociendo la manera en que se hacían significativas las acciones en el cerebro de la mente estética d…

Atisbos

I En un punto del camino apareció la insinuación de algo impensable. Apenas era el atisbo de una mueca borrosa en la madrugada. Hacerla cierta, es decir, hacerla pronunciable en las justas sílabas de eso que temblaba: fue imposible.
II Qué lentos vamos a vivir la eterna muerte. Qué obsesión de esperar y dibujar y vaciar En la piel de las orugas lo mejor de siempre. Qué absurdo pensar en que todo fue cierto Sabiendo que, al final de cuentas, se perdería todo, absurdamente todo .
III No me preguntes qué día es hoy. No me quieras engañar con tu tiempo de ternuras o con tu risa de no me importa nada. Hoy no tengo hambre ni sueño ni piernas para saltar al otro lado de la mentira y del soliloquio. Hoy ya no sé adonde vamos ni a qué horas nos esperan aquéllos que indicaron el sitio. Se olvida todo tan de repente tan de repente y sin orillas para encontrar el rastro.
IV Ayer era un solo de arpegios rasguñando en los párpados. Desplazaban color en las pestañas y era emocionante desconocer los sonidos en que iban las fig…

Así vamos

Perderlo todo en un instante

Perdí el nombre de mi boca En dos aguas revueltas Por el dolor y la locura. Perdí una historia de esperanzas En el aliento de una gruta Visitada por los asnos y las cucarachas. No podía hablar en un cuerpo Dividido por la angustia Empapado por la pena Roto y enfermo de tristeza. No podía ir con la sombra yerta Apretándome los pies y la garganta Y con un corazón… un corazón Seco y abierto para nada. Perdí el hilo del tejido En que se alimentaban mis sueños Para hacer y deshacer zozobras O para urdir la idea del otro día En que la ilusión se me iba. Perdí todo lo que estaba sonando En los escenarios de mi mente No muy lejos de donde habían puesto Mis manos todo lo que hallaban Para seguir Para continuar pulsando Entre gotas de alegría Una palabra dulce O menos amarga que la sensación De perderlo todo en un instante.

Entre infinitivos

Y pensar que no había rábano. El mundo era, antes que Aquello, una gota de Algo que resbalaba cayendo sobre un abismo profundo de infinita negrura. (((NO / NO HABRÁ CONTINUACIÓN DE OTRO GÉNESIS))) Y saber que no había forma de encontrar una manzana -ni piel de durazno en los labios- para iniciar el cuento de las divisiones y de las ramas como libros para siempre. (((NO / NO MÁS RECORDATORIOS AL INFIERNO DE LOS OTROS))) Y ahora, después de turismo espacial y lenguas muertas, ha iniciado el apocalipsis, las guerras cibernéticas, la era posthumana y el etcétera de las bibliotecas conservando cromatismos que se mueren a la sombra de un párpado enorme. (((NO / NO EXHIBIR EL PLAÑIDERO VUELO DE LAS GOLONDRINAS))) A la vuelta de otro orden -ajeno a los vaticinios de las puercas verdades- un gozne de puerta vieja ha caído, un muro también y han muerto millones de abejas a pesar de tanta verde conciencia. (((NO / NO ATRAER CONCLUSIONES ABSOLUTAS))) Sirenas sonarán sirenas -ya se oyen los estallidos de las naves- en …

Todo a destiempo

Lluvia. Todo el día lluvia. En la noche truenos, relámpagos, viento que hacía vibrarlo todo. En el carro la música se hacía con el Estudio No. 1 de Heitor Villalobos. Después otra música: el viento agitando el carro, el parabrisas lleno de relámpagos. Después entró el asco en mi cuerpo. El cansancio de todo el día estar trabajando. Llegué a casa y la lluvia quedó afuera. Adentro todo estaba en completo silencio. Mientras quitaba los calcetines (((también llenos de asco y de tristeza))) el rumor de la tormenta se escuchaba al otro lado de las puertas, y en mi cabeza tronaban otras palabras: Nada a tiempo. Todo desligado. Nada quieto. Todo yéndose al lugar de lo desconocido.

NB: Este texto es parte de un texto mayor, llamado La noche de los días (inédito)

Ensoñaciones

I Una furgoneta blanca en la noche, una inmensa nube a lo lejos, más allá de ella un mar quieto, espeso: sinfonía de aromas para tu aliento.
II Tierra y bosque, contrapunto de luciérnagas, incontables miradas sobre troncos, pulpa de emoción, cielo abierto, bocas como abrazos que te llevan.
III Cantos en boca de niños con hormigas rojas pululando a la sombra de hojas y guijarros. Delirante pensamiento entre abismos de libélulas y un eco siempre de pasos que atraviesan multitudes de cuerpos que levitan desnudos sobre océanos quietos transparentes.
IV Al despertar un trozo de sueño queda suspendido en la ventana por donde el sol y una mariposa tiemblan.

Silencio

Piso redondo en mármol blanco. Altas paredes circulares de mármol negro envuelven el piso blanco, redondo. El espacio está perfectamente iluminado. Arriba cuelga una lámpara enorme, esférica, purpúrea. Pareciera el ojo ensangrentado de Polifemo al mediodía. En el centro del piso hay una rústica silla negra, donde está sentado un viejo enjuto, moreno, de cabellos grises, lacios, muy largos. Sus ropas son de color negro y tiene puestas unas sandalias de cuero.También muestra una barba gris, espesa y desordenada hasta la mitad del pecho. El viejo mira detrás de unas gafas redondas de cristales anaranjados. Son sus ojos dos manchas oscuras que tiemblan en la quietud de ese espacio marmóreo.      ¿En qué piensa el viejo? ¿Qué miran sus ojos a través del anaranjado cristal de sus antiparras?      Nada se oye, ni su respiración.

Entre el gordo y Sandra

Era un gordo en quien pensaba. Olía a palomitas con mantequilla derretida. Su respiración era gruesa, pausada y como llena de hilazas que raspaban en filos de cartones. Tras de beber dos grandes vasos de gaseosa, lo que siguió fue una fila de regüeldos separados por dos o tres segundos. Si mi neurosis no me engaña, el número de eructos alcanzó la cifra exacta de los cincuenta en menos de un minuto, cada cual en su respectiva línea de prolongación y volumen. El hedor que en cada uno de éstos escapaba, era como para echar un frasco entero de agua de colonia y abandonar el sitio.
     La presencia de este personaje continuaba mientras leía La muerte de Virgilio o, también, mientras escuchaba la música ambiental en el teléfono, a la espera de que al otro lado de la línea respondieran (Servicio al cliente) a mi reclamo. Después de saber que era inútil continuar esperando en el teléfono donde no dejaba de sonar la misma melodía edulcorada y empalagosa, sumándose a todo esto la imagen del pe…