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Mostrando entradas de junio, 2011

Juego de espejos

Estuvo mejor que no entendiera eso que le dije. De haberlo entendido, literalmente habríamos caído en un juego de espejos que, si había alguna salida a través de él, nos habría llevado a un lugar peligroso. Pero ahora que recuerdo eso, confieso que en el fondo me conmueve la idea de poder hablar sabiendo que la incomunicación es la única realidad confiable para salvar el cuerpo de absurdas e inútiles batallas. Quienes han gastado los ojos en libros de semiótica y antropología lingüística saben perfectamente que la comunicación palabreada es una realidad social que descansa regularmente en el caos de la incomunicación que angustia –esto nos llevaría a esculcar, probablemente, en los tiraderos insanos de la psicología y la psiquiatría-, y sin embargo, quienes viven todos los días esta comunicación incomunicante, mientras conversan la disfrazan con diversas gesticulaciones o echan mano de diversos recursos para encubrir todas las raspaduras que van ocurriendo en las delicadas cuerdas de s…

Quería escribir con canto

Quería escribir con canto, y lo logró, algunas veces. Otras nada más fue un tallar de piedras contra la lengua. Era inevitable que esto y más ocurriera. No se podía estar siempre con la nota central bien pulsada. De aquí que no pocas veces hubo en la mano ese temblor acompañado por el susurro de las voces negras. Tesitura grave que lo congelaba todo, hasta el corazón. Cuando la lengua sangraba de tanto tallar y tallar contra la piedra de la realidad insomne, había luego que encerrarse en el mutismo inaccesible, donde ni dios era invitado para ayudarle a sanar tantas heridas.      -Y ‘ora tú, ¿pos qué te pasa?      -Na’a mor, na’amor.      -Has tragado tu puerco aguardiente, ¿es verdad no?      -Un poquito n’a más amoh.      -Un poquito es cuánto ¡sinvergüenza!      -¡Bah! No insistas que no quiero hablá.      -¡Pos no hables! ¡¡Quédate con tus puercos pensamientos y ya!!      Según la tesitura en que andaba el gris caletre, podía tronar la cordialidad aparentemente más duradera, o bien podía …

Esa cosa asquerosa

Alguna vez Stravinsky fue acusado de plagiar musicalmente las obras de los clásicos. Pero él, sin ruborizarse en absoluto se defendió diciendo: “Ustedes respetan todo eso que yo amo tanto”. Tal vez no fueron exactamente estas sus palabras, tal vez no, pero lo cierto es que Stravinsky, como otros tantos artistas, ha dejado en claro que el arte es energía renovada y no, como algunos piensan, sagrada reliquia. Por otra parte, en uno de sus libros confesionales (Los libros que amé / que he amado o que tanto amé; el título exacto se me escapa pero para el caso…), Henry Miller registró que en una de sus novelas había puesto un capítulo íntegro de una obra que no era suya. Para los historiadores del arte y de la literatura, para los críticos y estudiosos del arte, en fin, para los especialistas, supongo, no es novedad lo que hasta aquí he estado tratando: que la obra de arte es el cuerpo conformado con las sustancias y materiales de otros cuerpos. Más todavía, toda obra se expone y se compre…

Apariciones

I Es una horizontal De madera Y sobre ella la carne De dos piernas que yacen Sobre un triángulo Perfecto de sombra y de espera Que se aprieta con el parpadeo.
II Va y venla boca Verdad triste Verdad obscura: Me nacieron más orillas En el corazón.
III Su cara en el pecho del muchacho: Tal vez, olor tibio a yerbas y tierra. Los labios de ella se abren y sueltan Tal vez, el silencio de unos sueños.
Es de noche: perfecta madrugada. Luna entera y pausado ritmo en la garganta. Respiración de calma y sombra. Luego sucede que las nalgas De ella, naturalmente, Son alegria rodando En la silueta inerte De los huecos que se abren Para los besos del muchacho
Y la muchacha durmiendo En la perfecta madrugada.
IV Sensación de extrañamiento: Cuerpo que se dobla Sobre las invisibles formas De otro mundo.
V Dicha pasajera Que se escurre en las paredes De cristal. Sonrisa ahogada en un rictus De tarde.
VI Cuerpo que ignora las palabras: Papel arrugado

Aquellas horas

Asomado a la ventana para ver jugar a los niños, sin buscarlo él, se le encimó una imagen que lo hizo casi llorar. Los niños lanzaban la pelota y se gritaban, pero Julián, con la garganta seca, se preguntó cuándo había dejado de jugar y por qué había dejado de jugar. Vio sus pies hundidos en el agua de mar; volvió a experimentar el movimiento mareante que tanto lo asustó. Respiró con miedo. Agitación plena en las rodillas y gajo amargo en la garganta. A la par que los niños peloteaban, la perrita Sombra seguía las cintas sueltas de los zapatos de Gilberto. Quería morderlas, hacerlas desaparecer. No era fácil, con tanto pelotazo y saltos y gritos, siquiera rozar con el hocico una de las puntas. No obstante, Sombra continuaba en su intento de comerse el rehilete amarillo que se hacía en los zapatos de Gilberto. Luego apareció la abuela Mercedes, sentada en la arena oscura de San Blas, recibiendo el oleaje y llamándolo con una mano. El gajo en la garganta se volvió tenaza que lo apretaba y…

Ojo de agua

¿Sabías papá, que alguna vez hubo en el sistema solar ciento y un planetas?
En otras épocas los dioses cenaban a un costado de las voces que había a la luz de la lumbre o de rústicos candelabros. Eran voces que tardaban en responder. El pedazo de carne y de agua pura aumentaban el gozo de decir lo que se había descubierto en los ojos del gamo o en el salibeo que la vaca echaba en las puntas del verde pasto. Todavía no había aquello de ultrasonidos y rayos x punzando en las membranas interiores de los cuerpos ni había el medicamento que quitara las migrañas. No había observatorios cósmicos ni museos de la ciencia. No había todo eso pero existían gigantes que amenazaban todo el tiempo detrás de los frondosos montes. Guarecerse en cuevas era cosa del pasado.      El niño era apenas la sombra de un pensamiento en la tierra de los dioses. El niño tocó con sus dedos la película de una imagen que en él jamás se borraría. El agua estaba para verse en ella y para guardarla adentro de los cuerpos …

Divididos por el asco

Había creído que seguiría el orden. Pero no. No había lunes a martes ni sábado a domingo. Estaba con las hojas de otro calendario. Nada memorable. Fecha imposible. Era casi como Semana de colores, casi como quedarse varado en las transparencias de un mismo día de tarde en jueves. Jueves era el día que mejor se ajustaba para ir por esos rumbos de agua y cuerpo fresco. Rumbos como los de Tocaia Grande retenidos en la algarabía de sus putas o prolongados en la esperanza loca del Capitán Fonseca. Había que ir para estar por un rato en el lugar del turco Fadul y esperar, con breves tragos de aguardiente o ron mientras tanto, a que la noche llegara y se abrieran las puertas de la casa donde estarían Bernarda, Dalila, la vieja Coroca, la más vieja de todas las mujeres de Tocaia Grande, y otras más que en la noche, noche de jueves, son para nunca alcanzar el viernes. Sólo ganas de tener otras manos y otros labios adheridos a ese cuerpo que siempre aparecerá mecido en la hamaca de interminables…

Entre seres y otras inexistencias

Extraños instrumentos que sirven a la imaginación. Los instantes, un rosario de misterios contado a la sombra de existencias que viven, a veces, como si el tiempo no existiera. En sueños, los galápagos tocan los perfiles de las cosas y caminan con la incertidumbre de no estar muertos. Cuando recuperan la visión clara, fuera de casa, por donde las horas transcurren al paso quieto de los segundos, echan el ojo y se les empaña por tanta claridad. Descubren que existen cosas que ignoran lo acontecido, todo el tiempo quietas,indiferentes a los vacíos. Los vacíos, tan necesarios para caminar para oler para descansar la mirada el pensamiento. Los vacíos: Las superficies que se empeñan en la negación, en el embarazo de la voz inextricable, el préstamo; el crédito tan caro para esos otros seres que sienten morirse por las sucias futilezas de una mancha escurrida en el lienzo de pintura, que sienten morirse cuando se les escapa la perfecta construcción de una imagen. No. Los galápagos creen y viv…

Podía ser de tarde

Oyendo el canto de los pájaros -multitud de cantos- y el viento tibio que hacía olas de hojas verdes en la mañana (no era bosque ni era playa), sentado en el patio de la casa, atiborrado de imágenes que los sueños habían dejado, y el cielo gris, y el aroma que dejaban las olas de hojas verdes, el olor del café, el sabor del cigarrillo y los pájaros, el distinto canto de pájaros tan diferentes…      Una idea. Una imagen. Una sensación de abandono.      El autobús me había dejado en un crucero de carreteras llenas de tráfico y de vendedores de artesanías y de dulces, ciegos pedigüeños y demás caterva de excluidos. Gritaba y corría gritando detrás del autobús. Una multitud de personas se hizo y me detuvo. Podía ser de tarde.      El viento no dejaba de hacer olas de hojas verdes. Las nubes viajaban a la velocidad de otros vientos, menos tibios, quizá, mucho más fuertes. Las nubes que hacían pensar en un cielo gris.      Quería ir a la ciudad, pero no me atrevía a preguntar a nadie sobre la …